Esta reflexión sobre la tarea que corresponde a la educación frente a la violencia terrorista está fuertemente contextualizada en el aquí y ahora del País Vasco (1999), marcado por la tregua de ETA, pero pretende, desde su propio enraizamiento, servir de referencia de contraste para otras circunstancias de violencia. En vistas a orientar el modo y sentido de las intervenciones educativas, se comienza precisando qué entender por neutralidad del educador y cuáles deben ser sus límites en campos como el de la violencia. Se pasa luego a desarrollar lo que supone acompañar a los educandos en el proceso de maduración moral, tanto en el nivel de los sentimientos como en el de las argumentaciones o las motivaciones, cuando en ese camino nos confrontamos, desde vivencias de fracturas internas entre los sujetos del proceso educativo, con fenómenos como el de la violencia terrorista de ETA y su entorno. Se acaba por último apuntando a lo que la dinámica del perdón, como horizonte de resolución radical de esta forma de violencia, puede demandar a los educadores.