He elegido para título una paráfrasis del libro de S. Broz, ’’Buena gente en tiempos del mal’’, porque compendia mis intenciones. En el infierno de Bosnia, la nieta de Tito recupera la estela luminosa de las personas anónimas que se negaron a pactar con la brutalidad poniéndose del lado de las víctimas, de los que fueron atropellados tras haber sido categorizados como enemigos por los fanáticos de la identidad. Contrapone ella la inhibición y la aquiescencia de los testigos silenciosos (‘bystanders’), de los que miraron para otro lado –los espectadores cómplices de que se ocupa A. Arteta en el cívicamente indispensable ’’Mal consentido’’–, a la valentía civil, la bondad y el coraje moral de los decentes (‘upstanders’), personas anónimas que con el único pertrecho de su identidad moral, sostuvieron la pancarta con un mensaje básico: “nosotros no”. Gentes de bien, porque no les unía otra motivación que la solera ética de la dignidad humana y diferían en todo lo demás. En tiempos de maldad, los tiempos en que algunos seres humanos deciden que congéneres suyos carecen del derecho a un techo moral, son vidas indignas. Los tiempos en que hay que optar sin tercerías ni equidistancias. El tiempo oscuro al que desafía el ejemplo de los justos.
En la selva de silencios y mistificaciones que ha prosperado al amparo de ETA –releamos el caleidoscopio de La pelota vasca, de Julio Medem–, hay que recordar con letras de molde a esas buenas gentes que desde su anonimato no subordinaron su identidad moral al embate del mal amparado en la presión ambiental de otras banderas; las representa Gesto por la Paz; y en estos momentos en que la violencia parece llegar a su fin y la coordinadora pacifista cierra su actividad, es de justicia poner de relieve su decidida actuación. Es bien sabido lo que cuesta mantener la vertical ética cuando la fuerza gravitacional va en otro sentido –véase el caso Garzón–. En ello abunda el libro de Broz. Recordemos que el clima reinante en las primeras salidas de Gesto alentaba a los participantes a la discreción porque temían a la incomprensión de los amigos a la vista de las amenazas, salivajos, lanzamiento de monedas e insultos que recibían de quienes les hostigaban por manifestarse. Recordemos el efecto pararrayos de un lazo azul. ¿Qué hacía Gesto? Concentrarse en silencio con una pancarta después de cada asesinato. En términos de acción colectiva, presenta una estructura organizativa débil, con un liderazgo diluido y cuya fuerza principal reside en el plano expresivo-simbólico: el rechazo a la violencia desde supuestos éticos prepartidarios. Los gestos sacudieron el silencio reinante en dos flancos principales: ofreciendo apoyo y visibilidad a las víctimas, por un lado, y desafiando el marco director de los victimarios, condición para una liberación cognitiva, por otro.
Es de justicia reconocer esta enorme contribución a Gesto. Sin embargo, entiendo que acaso sea precipitado el “Lortu dugu/Lo hemos logrado”. Porque está pendiente la denominada competición de los relatos, un contencioso que decidirá también si se impone la versión del triunfo construida a partir de la miríada de microrrelatos de Gesto –y es urgente la tarea de una reconstrucción etnológica minuciosa de todos ellos y sus circunstancias para ayudar a construir la verdad de lo ocurrido– o el gran relato reescenificado en Aiete. Este viene a decir: ETA ha bajado la persiana, el etnorradicalismo ha pasado la urna y ha hecho bingo; ahora barra libre, el Estado tiene que mover ficha, con los presos, con la territorialidad y la autodeterminación. Sin complejos. Sin reconocimiento del daño causado. De la invencibilidad de ETA, al estribillo de “sin vencedores ni vencidos”, a la cosecha de las nueces sin reconocimiento del mal y a la autosuficiencia triunfal de una (auto)absolución plebiscitaria envuelta en victimismo.
Queda, pues, tarea por hacer para asentar la crónica fiel de los hechos: éxito policial, judicial y legal (prevalencia del Estado de derecho, sentencia del TEDH, desmantelamiento de cúpulas criminales e ilegalización de partidos conniventes). Queda por recordar, junto al “ETA, el pueblo está contigo” (tardíamente desautorizado), que la doctrina de la “socialización del sufrimiento” pertenece al mismo rubro que la “estrategia de la tensión” de los neofascistas italianos, o la “siembra del terror” de Mola; queda por asignar el espacio que corresponde a los que soplaban, escupían o pasaban silbando entre los militantes de Gesto y quienes les insultaban. Porque resulta indispensable para acabar con el mal que éste sea identificado, desactivado y exorcizado. Y la prueba definitiva de ello reside en el emplazamiento de las víctimas (y los desterrados) como eje narrativo de una crónica veraz. Cuando esto se logre cabrá cabalmente proclamar “Lo hemos logrado”. Y que Gesto por la Paz ha sido una herramienta inestimable para ello. Vuelvo a Broz para terminar: “Aprender del ejemplo de quienes hicieron frente al odio y la atrocidad [...] sirve a los fines de la reconciliación, porque realzan la bondad de los seres humanos concretos. [...] Además, ayuda a los jóvenes de hoy a darse cuenta de que ellos también pueden elegir. O bien optan por la pasividad y aceptan las cosas como están, o bien deciden combatir la inmoralidad y la injusticia en pro de un futuro mejor”. La sociedad vasca tiene en Gesto su espejo más favorable.
Martín Alonso es doctor en Ciencias Políticas y miembro de Bakeaz.
© Martín Alonso, 2012; © Bakeaz, 2012.
Publicado en El Correo, 30 de enero de 2012.