Los brutales atentados registrados en Londres el pasado jueves nos han devuelto a la cruda realidad. El terrorismo ‘yihadista’ no sólo no ha sido derrotado tras el 11-S y el 11-M, sino que además sigue conservando su mortífera capacidad operativa, como demuestra el ataque contra la capital inglesa durante la celebración de la Cumbre del G-8 en el atentado más sangriento que ha vivido la ciudad desde el final de la segunda guerra mundial.
Tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, todos presentíamos que nos encontrábamos ante el primero de una serie de ataques del terrorismo ‘yihadista’ en Europa. El Reino Unido había sido señalado en diversas ocasiones como uno de los principales objetivos de Al-Qaida, y su líder Osama Bin Laden había advertido, tras la invasión angloamericana de Irak: “Nos reservamos el derecho a responder en el momento y el lugar oportunos a todos los países que participan en esta guerra injusta, en particular el Reino Unido, España, Australia, Polonia, Japón e Italia”. Sin embargo, pocos esperaban que dicho atentado se produjera en uno de los momentos más dulces de la carrera política de Tony Blair: una semana más tarde de que el Reino Unido asumiese la presidencia de la Unión Europea en plena crisis del eje franco-alemán, un día después de que el Comité Olímpico Internacional eligiese a Londres como sede de las Olimpiadas de 2012 y mientras el G-8 debatía una batería de medidas de inspiración inglesa para condonar la ayuda a algunos de los países más endeudados del continente africano.
Como ocurriera tras el 11-M, los atentados fueron inmediatamente reivindicados por un grupúsculo ‘yihadista’. La hasta ahora desconocida Organización Secreta Al-Qaida para la Yihad en Europa emitió un comunicado inquietante felicitando a “la Comunidad del Islam y al mundo árabe por las buenas nuevas”, ya que “la hora de la revancha ha llegado para el cruzado y sionista Gobierno británico. En respuesta a la masacre que los británicos están cometiendo en Irak y Afganistán, los combatientes sagrados y heroicos han cometido un bendito ataque en Londres” (www.qal3ah.net/vb). El comunicado terminaba amenazando también a Italia y Dinamarca, así como “al resto de los gobiernos cruzados”, a los que apremiaba para que retirasen sus fuerzas de Irak y Afganistán.
Los atentados de Londres son tan sólo un eslabón más de una estrategia a escala mundial destinada a ‘golpear al enemigo lejano’ que libra no sólo Al-Qaida, sino también sus múltiples satélites. Como advirtiera el orientalista Gilles Kepel, lo más peligroso de ello es que “Al-Qaida ha sido, por así decirlo, franquiciada: Bin Laden se ha convertido en el logo de las pequeñas boutiques del terrorismo islamista que trabajan con licencia, pero son administradas por microempresarios independientes”. En este contexto, no nos sorprenden las declaraciones de uno de los principales responsables de la lucha antiterrorista británica, quien se mostró afligido horas después de los atentados: “Es como buscar una aguja en un pajar”. El principal activo del islamismo radical sigue siendo, como en el 11-S y el 11-M, una opacidad que convierte las redes ‘yihadistas’ en una nebulosa difícilmente aprensible para los cuerpos de seguridad.
De la lectura completa del comunicado puede desprenderse que sus responsables inscriben los atentados de Londres dentro de una lucha con tintes escatológicos entre el Bien y el Mal, entre el Islam y los nuevos Cruzados, que, aliados con los pérfidos judíos, buscan sojuzgar al mundo árabe y corromper a los musulmanes. Esta delirante percepción del mundo recurre además a la ley del talión para intentar justificar los atentados contra objetivos civiles en el corazón de Europa, aludiendo a que pretenden vengar la muerte de inocentes en Irak y Afganistán. Está por ver cuáles serán las consecuencias a corto y medio plazo de los atentados, pero ya hay quien, como Jaled Hroub en el diario ‘Al Hayat’, considera previsible un aumento de la xenofobia: “La mente estúpida que ideó y planificó estos cobardes e inmorales atentados, completamente alejados de cualquier principio islámico, ha conseguido también ampliar el círculo de enemigos de los árabes, los musulmanes y el Islam”.
Las declaraciones realizadas por Tony Blair –“estamos determinados a derrotar este terrorismo que no ataca sólo a una nación, sino a todas las naciones y al pueblo civilizado donde quiera que se encuentre”– muestran a las claras su voluntad de reducirlos a una agresión contra los valores occidentales. De esta manera se pretende dejar en un segundo plano el otro objetivo de los ‘yihadistas’, que no es otro que castigar la activa implicación de Londres en la invasión de Irak. A dos años vista, la invasión del país árabe se ha mostrado desastrosa, ya que ha convertido Irak en un laboratorio de experimentos del ‘yihadismo’. Hoy en día Irak es un cómodo refugio para una Al-Qaida sometida a una intensa presión internacional (en particular en Afganistán y Arabia Saudí). Lo más alarmante de esta situación es que Irak hasta ahora se ha limitado a importar a ‘yihadistas’ que vienen a librar su particular guerra santa contra ‘el Satán americano’, pero está próximo el día en que, como ocurriera previamente en Afganistán, los exportará, no sólo al mundo árabe, sino también a Occidente. Quién sabe si los atentados de Londres responden ya a esta nueva fase.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es coautor del libro ‘¿Por qué ha fracasado la paz? Claves para entender el conflicto palestino-israelí’ (Madrid, Los Libros de la Catarata, 2005).
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2005; © Bakeaz, 2005.
Publicado en El Correo, 10 de julio de 2005.