La evacuación israelí de la franja de Gaza ha sido considerada por algunos analistas internacionales como un primer paso para la reanudación del proceso de paz de Oriente Próximo. A pesar de su importancia, no debe olvidarse que esta retirada ha sido una decisión unilateral del Gobierno israelí y no es el resultado de una negociación con la parte palestina. De hecho, dicha ‘desconexión’ tampoco aparece recogida en la Hoja de Ruta, el plan de paz elaborado en su día por el Cuarteto de Madrid –integrado por Estados Unidos, la Unión Europea, las Naciones Unidas y Rusia– con el fin de fijar un calendario preciso para la independencia palestina.

En realidad, las frecuentes alusiones de destacados dirigentes políticos israelíes a la ingobernabilidad de esta franja de territorio de 362 kilómetros cuadrados –que además soporta una de las densidades demográficas más elevadas del mundo– como principal razón de la evacuación siembra las dudas sobre cualquier posibilidad de reanudación verdadera del proceso de paz. Así las cosas cabe preguntarse cuál es el futuro de la franja de Gaza y, sobre todo, si puede convertirse en un precedente para Cisjordania o, por el contrario, transformarse en el polvorín que encienda una guerra civil palestina.

La posibilidad de una confrontación intrapalestina viene aventurándose desde hace ya varios años y, en particular, desde el estallido de la Intifada de Al-Aqsa, aunque también es cierto que Fatah y Hamás –las dos principales formaciones palestinas– han hecho ímprobos esfuerzos por evitar el choque, a pesar de las diferencias insalvables que las separan en algunos asuntos. Incluso cuando todos predecían un baño de sangre tras la desaparición de Arafat, los dos grupos no sólo evitaron las tensiones, sino que además alcanzaron un compromiso para congelar la Intifada mediante una tregua unilateral.

Lo anteriormente dicho no debe llevarnos a pensar que no exista una competencia entre Fatah y Hamás por dominar la escena palestina, sino que los dirigentes de ambos movimientos comparten la idea de que se debe hacer todo lo humanamente posible por evitar que las diferencias existentes se resuelvan en el campo de batalla. Existe, pues, una línea roja claramente delimitada en torno a esta cuestión. Jaled Mashal, el actual líder de Hamás, define la situación de la siguiente manera: “A pesar de nuestras diferencias en el terreno político, Fatah es un movimiento combativo que tiene una larga trayectoria. Ningún nacionalista palestino puede levantarse en armas contra los hijos de su propio pueblo. Estamos seguros de que la situación no estallará: no daremos motivos de satisfacción ni a Sharon ni a los americanos”.

Esto no impide que cada formación intente rentabilizar al máximo la retirada israelí y se atribuya unilateralmente el éxito de la retirada: Fatah, considerando que ha de verse como un triunfo de la estrategia de apaciguamiento apadrinada por Mahmud Abbas, y Hamás, anunciando a bombo y platillo que es fruto de sus acciones armadas, equiparándose así con Hezbollá, que, en mayo de 2000, logró la retirada incondicional israelí de la franja sur de Líbano.

Además, debe tenerse en cuenta que una lucha encarnizada por el poder entre las distintas facciones palestinas evidenciaría su incapacidad para asumir las riendas de un Estado independiente. Una gestión de gobierno transparente y efectiva ganaría el respaldo de la comunidad internacional y lograría, así, impulsar el proyecto estatal; la propagación del caos y la violencia, por el contrario, irían en detrimento de las aspiraciones nacionales palestinas y confirmarían los temores de algunos sectores del Gobierno israelí que consideran que Gaza podría convertirse en una gran base terrorista. Lo que no debe descartarse por completo es el estallido de focos limitados de tensión entre los distintos clanes palestinos por la distribución de cuotas de poder. En este sentido, algunos sectores podrían sentirse tentados de aliarse con ciertos grupúsculos armados, especialmente los que gravitan en la órbita de Fatah, descontentos por su marginación tras el final de la Intifada.

Con toda probabilidad, las elecciones legislativas de enero de 2006 contribuirán a clarificar el confuso escenario político palestino y, en el caso de ser transparentes, nos permitirán calibrar los apoyos efectivos de cada formación. Las últimas encuestas de intención de voto anuncian una victoria de Fatah sobre Hamás, aunque por un estrecho margen. En gran medida, el resultado definitivo de dichas elecciones dependerá de la capacidad de la Autoridad Palestina para aliviar las penosas condiciones de vida de los 1,4 millones de palestinos de la franja de Gaza (un 60% de ellos vive bajo el umbral de la pobreza), pero también de que la salida de Gaza allane el camino para la independencia palestina.

La desaparición de Yaser Arafat, hace ya casi un año, no ha facilitado un retorno a la mesa de negociaciones, y Ariel Sharon intenta por todos los medios mantener la exclusión de los palestinos del proceso de paz. Por eso es tan importante que la comunidad internacional, y en especial la Unión Europea, retorne a la región y presione a Israel para que la ‘desconexión’ de Gaza no sea un punto y final, sino un punto y seguido. De no hacerlo, la evacuación de Gaza se convertirá en un precedente peligroso, puesto que Israel decidirá unilateralmente las medidas a adoptar en un futuro, relegando a los palestinos al papel de convidados de piedra.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2005; © Bakeaz, 2005.
Publicado en El Correo, 26 de agosto de 2005.