“El siglo XXI será religioso o no será”, profetizó Malraux. Los primeros años del siglo permitieron una lectura literal sustentada en el auge de los fundamentalismos religiosos, pero el final de la década ha visto elevarse a los altares a unos dioses no menos terribles que difícilmente podía vislumbrar el autor de La esperanza.
A mediados de junio pasado, los nuevos ministros –socialistas– griegos juraban su cargo en plena crisis ante la jerarquía de la iglesia ortodoxa; en realidad esta jerarquía no era sino una metáfora cabal de las verdaderas potencias a quienes forzosamente se encomendaban. Ningún poder es más indiscutiblemente aceptado, por arbitrario que resulte, que aquel que hace invisibles los mecanismos por los que se ejerce.
El nuevo poder del que se ocupa esta artículo se sustenta fundamentalmente en dos: el consenso de Washington (1) como fuente de legitimidad y una jerga econométrica como fuente de validez epistemológica; juntos han venido a configurar un discurso poderoso que responde al nombre de ortodoxia neoliberal y en el que la hipóstasis del mercado conforma la clave de bóveda. Los mercados castigan, exigen sacrificios, deben ser aplacados, condenan y salvan. La nueva escolástica compone un corpus doctrinal que vehicula una teoría del universo totalizante: hay un mal originario que tiene que ver con el Estado y con las prácticas indisciplinadas de los ciudadanos –interferencias de uno, manías de aspirar a mejoras y defender derechos laborales de otros–, unas leyes ineluctables que imponen fatalmente su imperio, una casta sacerdotal privilegiada que tiene la exclusiva de los arcanos, un tratamiento obligado para no sucumbir a los embates del mal: sacrificios, ajustes, reformas liberalizadoras, privatizaciones, recortes, austeridad y disciplina presupuestaria, unos ritos propiciatorios a base de ingeniería financiera, creatividad destructiva, contabilidad agresiva, etc. Este orden cósmico se presenta a la vez como naturalizado –por tanto, invisible o dado por sentado– y sobrenatural –fuera del alcance de los agentes humanos corrientes: “no hay plan B”, en una réplica literal del TINA (there is no alternative) thatcheriano–. Como su antecedente medieval, la escolástica neoliberal siempre cae de pie; ningún cúmulo de errores es suficiente para desahuciarla. Recordemos a título de ejemplo que en vísperas de la “primavera árabe”, los augures del FMI encomiaron el buen hacer de los gobiernos de Egipto y Túnez y les prometieron un lugar en el paraíso de la siguiente onda expansiva.
Este escrito no pertenece al género de la literatura del desastre definido desde la óptica apocalíptica de los profetas del mercado, sino al rubro epistemológico empeñado en desvelar los entresijos de la siniestra epifanía que nos acosa. Se compone de tres partes. La primera señala que las políticas derivadas de esta visión constituyen la agresión más demoledora al andamiaje institucional que sustenta los derechos de ciudadanía desde la desaparición de los totalitarismos; la segunda quiere poner de relieve que la ortodoxia neoliberal es la forma que adopta en la actualidad un darwinismo social tan inclemente como sus predecesores; en la tercera se exploran los elementos que permiten poner en entredicho el estatus epistemológico del paradigma economicista dominante.
Absolutismo postmoderno
No hay teología que se precie sin una división de milagros. En unos años de plena crisis y consecuente depresión de los indicadores generales resulta portentoso el contraste entre la suerte de las finanzas públicas y de los ciudadanos corrientes, por un lado, y el aumento meteórico –las rentas de los grandes directivos han pasado de 40 a 400 veces el salario medio desde el comienzo de la recesión, los mas de 500 directivos de las empresas del Ibex 35 cobraban un millón de euros de media en plena recesión (El País, 16/05/2010), mientras convocados por el presidente Zapatero le urgían a profundizar en las reformas (ABC, 27/03/2011)– de las fortunas de los mandarines de las finanzas, por otro. De un lado ciudadanos y cuentas públicas en riesgo firme de desahucio, de otro, flamantes ejecutivos que desde sus nóminas obscenas auguran plagas bíblicas si no se obedecen sus reconvenciones (2). Enemigos de lo público y de lo común, los apóstoles de las finanzas nutren sus sermones con un repertorio cansino de motivos: privatización, desregulación, liberalización, equilibrios, anatemas a la fiscalidad y al coste de los servicios públicos, reducción de costes laborales, disciplina presupuestaria… El milagro traduce los extremos de un modelo hidráulico: lujo desorbitado de unos pocos, depauperación rampante de los más; pecados del Estado, milagros del mercado. El mismo gobernador del Banco de España que afirmaba en diciembre de 2007 que “los fundamentos del sistema financiero global siguen siendo sólidos y los balances bancarios están saneados”, devenido luego en una especie de cobrador del frac institucional, nos conmina con pertinacia a la penitencia y al sacrificio.
Reunidas en Otawa en noviembre de 2001, las principales instancias financieras del mundo y el G-8 se propusieron contribuir a “la guerra contra el terrorismo” mediante un programa encaminado a identificar y extirpar las fuentes de financiación terrorista, infiltradas en las redes internacionales gracias a la globalización e inmunes a la legislación de los estados. El impacto y el discurso desactivaron las movilizaciones a favor de la justicia social y en EEUU hubo quien llegó a equiparar a los activistas contra la globalización con los terroristas de Al-Qaeda. Ni asomo sin embargo de esta diligencia a la hora de perseguir las prácticas criminales que han provocado la actual crisis. Sin embargo, va haciéndose camino la figura de los “crímenes económicos contra la humanidad” (L. Benería y C. Sarasúa, El País 29/03/2011). Se han recuperado al respecto expresiones altamente connotadas como “banalidad del mal” o “distancia emocional”. Las autoras citadas señalan que los daños y las víctimas tienen responsables concretos: “los ejecutivos y empresas que se beneficiaron de los excesos del mercado durante el boom financiero; quienes permitieron sus prácticas y quienes les permiten ahora salir indemnes y robustecidos con más dinero público, a cambio de nada. Empresas como Lehman Brothers o Goldman Sachs, bancos que permitieron la proliferación de créditos basura, auditoras que supuestamente garantizaban las cuentas de las empresas, y gente como Alan Greenspan, jefe de la Reserva Federal norteamericana durante de los gobiernos de Bush y Clinton, opositor a ultranza a la regulación de los mercados financieros”.
La figura de Greenspan, el Maestro, es ilustrativa en un doble sentido. En primer lugar, cuando a propósito de la regulación los hedge funds (fondos altamente especulativos) manifiesta: “¿Para qué vamos a reprimir a las abejas que vienen a polinizar Wall Street?” (en Petrini, O.c. 97), define su papel como quintacolumnista institucional. En segundo lugar, su mantenimiento en el cargo con Clinton es una prueba de la extensión del consenso de Washington más allá de los espacios ideológicos vinculados con el conservadurismo; al respecto las continuidades mostradas por Obama y la socialdemocracia en general, con una responsabilidad particular de los comadrones de la tercera vía, son ilustrativos de la deriva ideológica operada tras la caída del Muro de Berlín y acentuada con el 11-S. De esta forma, el credo de la Escuela de Chicago, fielmente representado en el Chile de Pinochet, ha venido a colonizar el discurso de las elites políticas por convicción, por afán de emulación, por complejo o por solidaridad de status (el flujo entre las dos esferas y, en especial y para el caso español, el destino de los altos mandatarios una vez abandonadas sus responsabilidades de gobierno, son un argumento de peso). Reside aquí una de las explicaciones para la deferencia (y la impunidad resultante) hacia los delitos económicos y también para con los magnates de otros delitos, como la “educada invitación” a declarar Rupert Murdoch tras el cúmulo de ilegalidades observadas, incluidas las connivencias con Scotland Yard o el tratamiento al depósito ilegal de fondos en Suiza desde la Guerra Civil del patrón del Banco de Santander. El epíteto del título remite a esta banalización invisibilizadora que amortigua los crímenes de corbata y moqueta. Es el poder blando de la delincuencia sin sangre (3) pero no sin dolor. Los eufemismos sirven al mismo fin. Apenas si se ha utilizado para el comportamiento de los gángsteres de las finanzas la denominación de estafa piramidal, bien ejemplificada en la figura de Bernard Madoff –el único magnate en la cárcel–, miembro meritorio del olimpo financiero, como revela su condición de ex presidente del Nasdaq y miembro de la junta de asesores del organismo regulador del mercado bursátil .
El neoliberalismo ha conseguido imponer una visión del mundo según la cual la esfera económica queda fuera del ámbito de competencias del Estado. Ello justifica la analogía con el absolutismo, si bien la innovación teológica aconseja una precisión cronológica. Las actividades de estos actores se encuentran literalmente al margen de la ley, la topografía de los paraísos fiscales no es más que un ejemplo de prácticas desreguladas e incontroladas. El consenso impregna el universo institucional. La OMS ocultó que sus expertos en gripe A cobraron de las multinacionales farmacéuticas, beneficiarias del acopio innecesario resultante –el gasto total en vacunas alcanzó los 4.900 millones de euros; en España solo se utilizó el 15% de las compradas (El País, 5/06/2010)–. La amoralidad tiene otras expresiones. En España la presión fiscal sobre el trabajo y el consumo se sitúa comparativamente en la zona más alta con el 37%, mientras que el capital, con el 17%, se sitúa en el nivel más bajo de la OCDE (P. Beramendi y D. Rueda, El País, 20/05/2010). A pesar de ello el 25% del fraude fiscal se localiza en las grandes empresas (El País, 10/02/2011). Si miramos fuera, entre un cuarto y un tercio de las mayores empresas no pagaron impuesto alguno en el Reino Unido en 2005 y 2006 y en EEUU entre 1998 y 2005 (Parlamento Europeo: Informe sobre el fomento de la buena gobernanza en el ámbito fiscal, 2009/2174, INI). Quiere ello decir que nos encontramos en una especie anarquía salvaje donde los principios del Estado social y democrático de derecho quedan en suspenso cuando se trata de las prácticas del Gotha financiero. Cabe hablar, pues, de un Estado servil y de una capitulación de la política que tiene su expresión cotidiana en la tolerancia pública con la corrupción, el soborno, el fraude fiscal y demás especies del repertorio criminal de guante blanco. En el estrangulamiento del Estado en cuanto garante de derechos universales, el programa de la escolástica neoliberal coincide con el de los fundamentalismos identitarios –y también con algunos discursos antisistema–. Por otra lado, la irresponsabilidad de los mercados se ve fortalecida por la tendencia a la concentración; en el ámbito sensible de las auditorías encontramos que cuatro grandes firmas se reparten en 90% de los mercados; a la falta de competitividad se une la falta de independencia: son las firmas auditadas las que seleccionan y remuneran a la auditora (Ignacio Arroyo, El País, 31/12/2010). El ejemplo de la complicidad de Arthur Andersen en la bancarrota de Enron es ilustrativo (4).
Darwinismo social sin complejos
En Capitalismo y Libertad defiende M. Friedman que la función de los directivos es obtener el mayor beneficio posible y no tener otras miras que los intereses de los accionistas. En ausencia de controles y contrapesos esto desemboca en una práctica depredadora dirigida por tahúres. Si el lado claro de la historia de la humanidad relata un proceso de emancipación e inclusión, lo que ahora presenciamos es una regresión que excluye por centrifugación desde el vértice de la estructura piramidal. La jerarquía vertical marca una diferencia ontológica según la cual los beneficios son patricios, ascendentes y patrimonializables y las pérdidas plebeyas, descendentes y externalizables. La estafa piramidal amplia así su recorrido por la resistencia antigravitacional que se opone al reparto horizontal de las pérdidas.
La pirámide es igualmente el emblema geométrico de la estratificación; el darwinismo social su justificación “científica” moderna. Fue el filósofo Herbert Spencer en Social Statics (1876) quien le confirió el carácter de ley: “Las fuerzas que obran en pro del éxito del gran proyecto no tienen ninguna consideración con los sufrimientos de menos importancia, sino que exterminan a esos sectores de la humanidad que estorban en su camino”. Con Spencer la biología desplazaba a la explicación religiosa; desde allí se llega sin solución de continuidad a la formulación nacionalsocialista de “las vidas indignas de ser vividas”. La versión económica expresa la jerarquización del darwinismo social en su forma más pura: quien no tiene poder de compra es un no ser en términos de mercado. Se produce así una exclusión fría o blanca, en oposición a la exclusión caliente de las políticas de identidad, de las cuales la limpieza étnica es el emblema. La competencia es la correspondencia literal de la selección natural, y en esa lucha desigual, los ciudadanos que respetan las reglas, las empresas que ejercen la responsabilidad corporativa hacia las exigencias sociales y ambientales, los actores que se abominan el juego sucio, están condenados al fracaso porque la moralidad supone una desventaja comparativa. La implosión del comunismo sirvió de pretexto para desalojar la igualdad del panteón de los valores y distribuir la libertad en función de la posición en la vertical de la pirámide. Por eso la brecha entre ricos y pobres no ha dejando de crecer. En EEUU el 1% más rico suma el 20% de los ingresos, el doble que en 1980. En su testamento _ T. Judt resume las consecuencias esperables: “La desigualdad es corrosiva. Descompone a las sociedades desde dentro. […] El legado de la creación incontrolada de riqueza es ciertamente amargo”. Si alguien alberga dudas sobre los costes de la desigualdad, R. Wilkinson y K. Picket (_Desigualdad. Un análisis de la (in)felicidad colectiva, Madrid 2009) no tardarán en despejárselas. Hay, con todo, un parecido de familia entre las diferentes formas de darwinismo social. Así, para decirlo con un ejemplo, el presidente de la CEOE, Juan Rossell, ha recuperado la vieja tesis de la Curva de Bell (Herrstein y Murray), que a su vez réplica de los posiciones de Eysenck que a su vez regurgita la homilética del reparto graciable de los dones por la Providencia…, y según la cual el éxito escolar es función de la genética; desde donde se cuestiona —Q.e.d.— la utilidad del gasto en educación (El País, 23/06/2011).
Decía que la probabilidad de vida de la una estafa piramidal es función de la longitud de la cadena de externalizaciones potenciales y me he referido más arriba a la confluencia de los mecanismos de exclusión económica e identitaria. El odio intrínseco a la igualdad del neoliberalismo y la pasión por la diferencia –la urticaria ante la fórmula del “café para todos”– del fundamentalismo identitario se encuentran en la invisibilidad (la blanca transparencia de la mano) del primero y la acentuación de las diferencias del segundo. Los dos ponen en cuestión el artículo primero de la Declaración Universal de Derechos Humanos que condensa el programa emancipatorio: los derechos no vienen dados sino que, o se compran –si se tiene con qué– o se heredan –si se ha nacido con la sangre correcta en el suelo correcto–. Nos encontramos entonces con unas coaliciones estratégicas que configuran un circuito perfecto –y perverso–. Hay una alianza explícita por arriba entre políticas neocon y neolib. Bastará recordar como ilustración el valioso apoyo del imperio Murdoch –propietario de la Biblia de la crema financiera, el Wall Street Journal_– al Tea Party. Una vez que las crisis producida por esas políticas deja sentir su impacto, los oportunistas neopopulistas y xenófobos señalan los chivos expiatorios destinados a pagar las consecuencias del malestar social, y a favorecer la evacuación (externalización) de la insatisfacción por la vía del odio cultural, religioso o étnico. (¿Hace falta recordar la invitación soberanista a los indignados de Barcelona de irse a mear a España, o el reflejo nacionalista de los países de la UE ante la crisis de los demás?). La ubicuidad de formaciones de derecha extrema y políticas xenófobas en Europa es un hecho que muestra cómo los programas políticos que provocan los problemas por la puerta reciben luego los votos por la ventana. ¿Hay forma más eficiente de externalizar? El darwinismo social no es más poderoso que cuando oculta bajo el toldo de la inmigración los estragos de la desigualdad social. Un 40% de los españoles aboga por expulsar a los inmigrantes en paro y un 75% considera las actuales leyes de entrada y permanencia de los extranjeros como bastante o demasiado tolerantes (_El Correo, 16/07/2011).
El estatus epistemológico de la disciplina
Como consecuencia de lo expuesto han aparecido análisis que ponen de manifiesto un hecho solo sorprendente desde el supuesto de invisibilidad mencionado: la connivencia del mundo académico con estas potencias terrenales non sanctae. Charles Ferguson se ocupa de ello en Inside Job; también Petrini, J.F. Martín Seco o el colectivo de economistas aterrados. Aquí voy a limitarme a exponer los aspectos relativos a la parcialidad, las fallas metodológicos y la abdicación de su compromiso como ciencia social (sin olvidar, claro está, las excepciones de quienes no han compartido la línea dominante).
1. El amoralismo trascendental (“non olet”). Me permito remitir al lector a la apología mercantilista de H. B. Acton, un filósofo moral (La moral del mercado, 1978) para una ilustración de este punto. Allí leemos: “Quienes participan en el mercado competitivo no tienen por qué perseguir conscientemente el bien común ni ejercitar la caridad individual”, o “Hay cosas que, como el honor o los servicios criminales, jamás deben ser objeto de compra o venta, pero la educación, los cuidados médicos y la vivienda no se encuentran entre ellas” (pp. 196 y 200). Los creyentes de la nueva religión, como todos los creyentes, obtienen como recompensa la convalidación automática de sus prácticas. El dogma proporciona una burbuja moral que asegura la tranquilidad de las conciencias. Sus retribuciones astronómicas son congruentes con los dogmas del credo: no hacen más que obedecer leyes inexorables. No necesitan hacerse más preguntas, como no se las hicieron los banqueros suizos en sus transacciones con los bienes de los judíos exterminados. Obediencia debida; corrupción como continuación de la economía por otros medios; la literatura corporativa como ventriloquia al servicio de los poderosos; actividad intelectual mercenaria. ¿Habrá que extrañarse de que los intereses de los expertos sean e coincidentes con los de la teoría de quienes les miman con sus salarios?
2. ¿Ciencia o superchería? El amoralismo se ampara en un paradigma con pretensiones científicas que provee legitimidad epistemológica. No hace falta repetir los dogmas rectores: deificación del mercado, creencia de que no hay límites al crecimiento ni a la ganancia, mandamientos desreguladores, individualismo radical, demonización del estado y de los servicios públicos, estigmatización del intervencionismo, etc. Es un mundo en el que algo no existe si no es como mercancía. Los extremos de la crisis presente son solo legibles a la luz del aparato conceptual que ha generado una disciplina cada vez más alejada del concepto empírico de la mercancía. Por eso en él no aparecen sujetos y problemas sino entidades esotéricas de nombres extraños – hedge funds, derivados tóxicos, hipotecas basura y la nómina de siglas abstrusas: CDS, CDO, ABS, CMO, RMBS…– que, además, tienen la capacidad de metamorfosearse, gracias a los nuevos alquimistas, en productos varios cada vez más opacos. Una parte no desdeñable de la literatura económica, con su jerga incomprensible y desvinculada del compromiso referencial, hace pensar más en la paraciencia que en la ciencia. Ha dejado de ocuparse de personas y problemas para hacerlo de lo que podríamos llamar entidades de valor no identificables (EVNIs), eso sí, taraceadas en un sofisticado aparato matemático. Al respecto no está de más recordar que en la obra principal de Keynes no aparece fórmula matemática alguna. Como resume Petrini (p. 84), el primer cargo contra la economía es que ha convertido las suposiciones en axiomas y no se ha preocupado de demostrarlos empíricamente. El cúmulo de errores de predicción basta por sí solo para poner en tela de juicio la confianza en esta corporación académica. Por no hablar de la negativa a incorporar los resultados negativos de experiencias anteriores. La responsabilidad de la política reside, como observa Krugman, en no haber puesto coto a estas ideas zombis que están destruyendo nuestros cerebros y nuestros recursos (El País, 26/12/2010).
3. ¿Ciencia social? Pero sin duda el cargo más grave es la fuga de la realidad y su sustitución por una pararrealidad quimérica donde las previsiones siempre se cumplen porque no hay escapatoria a la magia tautológica. Hasta que se dejan oír las voces lúcidas sobre el traje invisible e inexistente del emperador. En el argot economicista no hay lugar para la gente, ni para los problemas de la gente. Solo cuentan en cuanto que sublimados en el espíritu de las ecuaciones. Por eso los mercados, a diferencia del dios de referencia, aprietan y además ahogan; porque están eximidos del compromiso siquiera retórico con el bien. Las supercherías y las falacias producen aquí estragos patentes. Y violan el sentido común; como en esas situaciones en las que el desahuciado no llega a saldar con la vivienda hipotecada la hipoteca que se le concedió con el aval de la vivienda, o cuando se nos conmina a retrasar la edad de jubilación cuando no hay trabajo, o cuando se nos pide que sacrifiquemos el presente a las previsiones para 30 años mientras estamos pendientes de la espada de Damocles de los intereses de mañana por la mañana.
Así pues, el corpus doctrinal que ampara los abusos de los magnates financieros viola tres supuestos fundamentales del quehacer científico: la imparcialidad, la racionalidad y la utilidad social. Este estado de cosas ha llevado a algunos economistas a postular una ética para la profesión (Antón Costas, El País, 17/04/2011). En el contexto mucho menos agresivo de los años 80, otro economista, Albert O. Hirschman, escribía en Etica y Ciencias sociales: una tensión permanente: “Hay situaciones en las que el sistema de mercado y la búsqueda del interés individual, librados a su propia dinámica, conducen a resultados indeseables, lo que hace necesaria la existencia de un comportamiento ético. […] Parecería que ha llegado la hora de que los economistas abandonen la postura amoral que propiciara, al menos en La riqueza de las naciones, el ilustre fundador de nuestra ciencia”. Pero la invitación a una variante del juramento hipocrático tiene pocas probabilidades de eficiencia fuera de la utopía del intelectualismo moral platónico: ¿estaría pidiendo hoy perdón R. Murdoch solo por razones éticas sobrevenidas? Hacen falta los dispositivos del estado de derecho, incluido el código penal. Los teóricos de la democracia militante elaboraron un corpus sólido para justificar la exclusión de los partidos con vocación totalitaria del juego electoral, el Estado actual no ha mostrado una resistencia equivalente a la nueva tiranía, por el contrario, exhibe una actitud vergonzantemente servil. Pero no hay vida pública digna de ese nombre al margen del Estado de derecho; ni cabe tampoco concebir un mercado al margen del derecho. So pena de resucitar el absolutismo. Si se le aplicara la sacrosanta ley de la oferta y la demanda, la indignación se auparía a las cumbres ahora estremecidas del Olimpo.
Notas
(1) La expresión designa la visión compartida por la Casa Blanca, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (Roberto Petrini, Proceso a los economistas, Madrid, Alianza 2010, p. 101).
(2) Un par de datos para completar los anteriores. Solo la pensión de jubilación del consejero delegado del Banco de Santander daría para el sueldo de 86.000 mileuristas o para 200.000 ayudas de 400 euros. El presidente de la famosísima agencia de rating, Moody’s, ha visto aumentar su retribución este año un 69% hasta alcanzar los 6,4 millones de euros. Aunque el resultado operativo ha caído en un 17% y el beneficio neto casi un 10%, los directivos ganan el doble que en 2005 y más que en 2006 cuando el beneficio operativo era un 60% superior. Y eso aunque según el informe del Congreso estadounidense, las agencias de calificación son responsables de la destrucción financiera (El País, 31/03/2010). No son pues portentos lo que faltan a la nueva religión.
(3) Esto es solo parcialmente verdad. La matriz de las políticas que ahora conocemos en Europa ya fue ejecutada por gobiernos de EEUU en los países del Sur. La colaboración de los Chicago Boys con los generales chilenos para sofocar la movilización social que ponía en peligro los beneficios de las multinacionales es un ejemplo de manual. (Hay abundante literatura al respecto, cito solo dos referencias antiguas: Tribunal Russell II (ed.). Las Multinacionales en América Latina, Madrid, Cambio 16, 1977; Documentos secretos de la ITT Chile, Fundamentos, Madrid, 1972). Otro aspecto de la invisibilización es la ausencia de una visión social amplia que incluya como datos de la ecuación los resultados y costes de experimentos como los reseñados; es precisamente esta interesada preterición la que lleva a P. Krugman a hablar de una doctrina económica zombi (El País, 26/12/2010).
(4) Las referencias a Enron proceden básicamente de Andrés Betancor, “Enron, liberalización, nueva economía”, Política Exterior 86, marzo/abril 2002: 59-72.
Martín Alonso es doctor en Ciencias Políticas, licenciado en Sociología, Psicología y Filosofía y miembro de Bakeaz.
© Martín Alonso, 2011; © Bakeaz, 2011.
Publicado en El Viejo Topo 285, 36-43 (octubre 2011).