El Gobierno iraní vive uno de los momentos más dulces desde el triunfo de la revolución islámica. Por primera vez, Teherán no sólo ha de preocuparse por garantizar la supervivencia de su régimen teocrático, sino que también dispone de una proyección exterior con la que jamás hubiera soñado, quizás más debido a los errores de Estados Unidos que a los aciertos de los ‘ayatollahs’. Esta circunstancia le ha llevado a creer que se encuentra en una posición de fuerza gracias a la que puede reanudar su programa nuclear, pese a que la comunidad internacional lleve el asunto ante el Consejo de Seguridad, y también extender su influencia al vecino Irak.

No es necesario incidir en la importancia geoestratégica de Irán, país situado allí donde se encuentran el golfo Pérsico y Asia Central que, además, atesora cerca de un 10% de las reservas energéticas mundiales. El alza de los precios del petróleo le ha permitido superar la crisis económica que lo atenazaba y redoblar las ayudas a sus aliados en Oriente Medio. Todo ello ha contribuido a que Irán haya extendido su influencia en Irak, Afganistán, Líbano, Siria y los Territorios Ocupados palestinos, donde goza cada vez de mayor predicamento.

Es posible que Irán haya sido el principal beneficiado de la caída de los talibanes en Afganistán y del derrocamiento de Sadam Hussein en Irak. Pese a que se esperaba que la presencia militar norteamericana en ambos países moderase e, incluso, desestabilizase a Teherán, el efecto provocado ha sido el contrario, ya que los ‘halcones’ se han atrincherado en el poder y acelerado su programa nuclear con el objeto de blindar al país frente a cualquier agresión exterior.

La actitud beligerante del presidente Ahmedineyad –que, en las últimas semanas, ha prodigado sus declaraciones antisemitas– no puede entenderse sin tener en cuenta este aumento del peso específico iraní en la región. En Líbano, no parece que el final de la dominación siria haya pasado factura a Hezbollah, que continúa manteniendo intactas sus milicias y, por primera vez, participa en el Gobierno con la estratégica cartera de Energía. En el caso palestino, Hamás ya ha anunciado que recurrirá a Irán si la comunidad internacional cumple sus amenazas de boicotear al nuevo gobierno islamista y si Israel asfixia los Territorios Ocupados sometiendo a los palestinos a “una dieta de adelgazamiento” (como señalara Dov Weissglass, principal consejero del primer ministro Olmert).

Mención aparte merece Irak, donde el último estallido de violencia podría acelerar la fragmentación del país en tres grandes zonas: el norte kurdo, el centro suní y el sur chií. La voladura de la mezquita de Samarra pone de manifiesto que podríamos encontrarnos más cerca de lo que pensábamos de la guerra civil y, además, evidencia que los suníes no han encontrado asiento en el nuevo Irak federal que se construye a marchas forzadas. Debe recordarse, también, que en las elecciones legislativas del pasado diciembre la Lista Árabe Unida se quedó al borde de la mayoría absoluta, lo que significa que, en la práctica, serán los clérigos chiíes cercanos a la órbita iraní los que tengan las llaves del futuro Gobierno, a pesar de los intentos norteamericanos de auspiciar un Ejecutivo de unidad del que formen parte kurdos y suníes. En estos tres frentes contemplamos cómo la influencia de Teherán ha crecido en detrimento de la de otros actores internacionales, lo que es, sin ningún género de dudas, una mala noticia. Además de las amenazas y de las coacciones, los países occidentales deberían preguntarse a qué se deben estos cambios y qué está fallando.

Quizás George W. Bush no estuviese equivocado a la hora de situar a Irán en el Eje del Mal, integrado por los más acérrimos enemigos de Estados Unidos. Las declaraciones de Ahmadineyad contra el Gran Satán americano y contra “la entidad sionista” –fórmula empleada para referirse al Estado israelí– evidencian la peligrosidad de un régimen cuya popularidad se encuentra bajo mínimos, ya que tan sólo parece contar con el respaldo de sus acólitos, en particular el Ejército, los ‘basiyi’ y, por supuesto, el clero chiíta, principal beneficiario del ‘gobierno de los jurisconsultos’ instaurado en su día por el ayatollah Jomeini, que concentra el poder político y religioso en el clero hasta el día en el que retorne de nuevo a la tierra el imán oculto –‘mahdi’–, que, según las tradiciones chiítas, instaurará el reino de la justicia universal.

Mientras todo esto ocurre, la Administración de Bush tiene las manos atadas en Irak, razón que le impide lanzar un ataque selectivo que frene el desarrollo del programa nuclear iraní. Quizás lo más preocupante es que, pese a la rotundidad de las evidencias, la Casa Blanca parece no querer entender que, con su intervención en Irak, ha fortalecido a los movimientos islamistas y ha debilitado a sus aliados, que, en la actualidad, se encuentran en una situación extraordinariamente delicada. Algún día Washington deberá reconocer la magnitud de los cambios que están teniendo lugar en Oriente Medio y elegir entre el mantenimiento de las actuales dictaduras laicas o el establecimiento de democracias islámicas. Cuanto más tarde se enfrente a este dilema, más difícil será incorporar a los islamistas moderados y más factible será su radicalización, fruto de su acercamiento a Irán.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad 
de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2006; © Bakeaz, 2006. Publicado en El Correo, 17 de marzo de 2006.