En primer lugar, tendríamos que definir cuál es el escenario más probable al menos a largo plazo. Por lo que se refiere a ETA tendríamos que considerar una permanente e incondicional paralización de la violencia. No parece tan evidente sin embargo, una liquidación más o menos pactada con el gobierno en la que reestablezca un calendario de excarcelación de presos y entrega de armas. No al menos hasta que se consolide la legalización de la izquierda abertzale.

Desde otra perspectiva, tampoco parece probable, a corto plazo, una declaración de ETA de reconocimiento y arrepentimiento del dolor causado.

Por lo que respecta a la izquierda abertzale no vamos a entrar ahora a relatar las vicisitudes de su legalización. Tan sólo afirmaremos que la misma parece un suceso inevitable. En referencia a su consideración respecto al pasado, tampoco parece probable una autocondena y equivalente afirmación de arrepentimiento, respecto a la actitud de colaboración o apoyo con la violencia del pasado.

No parecería sin embargo descartable, más adelante, tras la legalización, una declaración de solidaridad y disculpa frente al dolor ayudado a causar. Algo que evidentemente no es lo mismo que una declaración de rechazo o condena a la estrategia general.

Valoraremos ahora este, tan sólo probable, escenario. Desde la mirada democrática creemos que ya se ha argumentado hasta la saciedad respecto a la inexcusabilidad de la ilegalización de la izquierda abertzale. Este texto se escribe 24 horas antes de la decisión del Tribunal Constitucional, lo que ya nos permite afirmar la hasta ahora sistemática vulneración de derechos democráticos básicos. Por lo que parece, el poder judicial a impulsos del poder ejecutivo ha decidido excluir de la competición electoral en el País Vasco a formaciones políticas que se han constituido bajo el expreso rechazo a la violencia de ETA. Todo ello con el delirante argumento de que en el fondo son instrumentos de ETA. Este conjunto de instituciones liberticidas han decidido que la participación democrática en el País Vasco debe estar limitada a aquellas formaciones que acepten el statu quo constitucional.

En cualquier caso, parece también evidente que esta contundente vulneración democrática no podrá sostenerse a lo largo del tiempo; y que antes o después la izquierda abertzale será legalizada.

Nos interesa ahora especialmente valorar las consecuencias respecto a un futuro de reconciliación y convivencia social que pueden generar las previsibles actitudes de ETA, la izquierda abertzale y el poder político respecto al pasado. Deberíamos partir de una consideración general sobre la importancia que implica respecto al futuro una crítica del pasado.

Si nos planteamos la necesidad de una convivencia tolerable respecto al futuro ello implica compartir el reconocimiento del otro en general y del otro diferente en particular. Con esta exigencia imaginemos una sociedad en la que persiste una cierta cultura latente de la violencia como arma política; no practicada pero sí vivida como eventual y legítimo ejercicio. Y persiste en la medida en que no ha sido erradicada del imaginario colectivo porque sus autores y alentadores no han reconocido su perversidad histórica. Esa persistencia, aunque sólo sea en el nivel latente, impide ese pleno reconocimiento. El otro es sólo tácticamente reconocido y tolerado.

Por otro lado, hemos de afirmar la necesidad de una sociedad fuerte, protagonista. Una sociedad que tolera al poder separado y delegado como algo exclusivamente funcional. Una sociedad que se afirma como depositaria de ese poder. La persistencia de esa cultura de violencia provoca tanto una mitificación del estado como de las violencias alternativas vistas como salvadoras. Aunque sea a nivel latente, la sociedad civil se debilita, tiende a convertirse en un conjunto de individuos solitarios, asustados y dependientes.

Finalmente, que duda cabe que si no se da ese reconocimiento del mal injustamente causado crecen las posibilidades de que se vuelva a repetir una situación de violencia. En todo caso, muy brevemente habría que considerar que no es tan evidente este riesgo de reproducción. El mismo proviene más del discurso político que del discurso moral. La reproducción de la violencia se asienta en la afirmación de que su ejercicio constituye la única vía de solución del problema político correspondiente. Y con esta perspectiva resulta clamoroso el fracaso político de la opción violenta. Lo visible, nos atreveríamos a afirmar que al menos hasta una generación, es que la opción política violenta de ETA en su intento de imponer o hacer avanzar su opción política fracasó y tuvo que abandonarla. La retórica justificativa no puede cambiar hechos tan contundentes.

Es cierto, sin embargo, que la ausencia de una autocrítica basada en argumentos morales o más exactamente que hace referencia a los derechos humanos, facilita un relativismo moral que favorecería la vuelta a los escenarios de violencia.

Para finalizar algunas consideraciones respecto al deber ser. Es incuestionable el que no pueden ni deben exigirse acciones punitivas para castigar estos silencios respecto al pasado, u obligar bajo amenaza de sanción a que los mismos se rompan. Los autores de esas violencias y sus supuestos alentadores ya han sido sancionados. Punto.

Lo que hay que considerar sobre todo es cómo reorientar actitudes morales y culturales en aras a lograr una cohesión social y una convivencia reconciliada. Las dinámicas de reconciliación podrían ser precisamente los espacios, los instrumentos, por donde presionar para este cambio de actitudes. Por un lado, en su promoción y puesta en práctica aparecerían las organizaciones sociales y políticas más directa o indirectamente afectadas por la violencia pasada, desde los dos lados. Por otro lado, deberían estar presentes las instituciones públicas en tanto que ellas (aunque no sólo ellas) deben impulsar los procesos de regeneración de la cohesión social. Y por otro lado, también parece más funcional la exigencia de cuestionar el pasado en esos procesos, dinámicas específicas de reconciliación. Entendemos que más funcional y más posible.

Pedro Ibarra es excatedrático de Ciencias Políticas en la UPV/EHU.

Conferencia presentada en el ciclo La sociedad democrática ante el final de ETA, organizado conjuntamente por Hikaateneo y Bakeaz y celebrado en Bilbao los días 8 de febrero, 9 de marzo y 5 de abril de 2011.

Publicado en la revista Hika, 223, mayo-junio de 2011.