Ante la solicitud de responder de manera breve a la compleja cuestión de los deberes que la sociedad tiene tanto con las víctimas del terrorismo como con las otras víctimas de vulneraciones graves de derechos humanos por violencia de intencionalidad política, de entre los derechos que les asisten, voy a centrarme en la memoria, que ha de ser verdadera y justa. Dicho de otra manera, el olvido en la víctima —del que no tiene obligación, pero sí derecho— no es posible sin el sentimiento de que se ha hecho justicia (frente a la impunidad) y de que la omisión o la mentira no triunfan frente a la verdad. Desde este planteamiento, voy a realizar un breve análisis de algunas paradojas de la memoria de las víctimas, una explicitación de sus condiciones pedagógicas, éticas y políticas y una propuesta de relato democrático. No quiero terminar esta introducción sin explicitar que tengo para mí, en estos momentos que la tarea de luchar contra la violencia y el terrorismo ha de ser sustituida por otra más difícil, si cabe: trabajar después de la violencia.
Algunas paradojas de la memoria de las víctimas
De manera muy sumaria, y excluyendo las muy importantes de carácter personal que puedan darse, no quiero dejar de anotar varias paradojas, de diversa índole, que se manifiestan en nuestra realidad respecto de la memoria de las víctimas:
• Ámbito institucional: La conmemoración institucional es a veces la otra cara del tabú de la memoria. Se conmemora precisamente para no recordar y así se destaca algo para ocultar otra cosa o se abstrae y generaliza el recuerdo, perdiendo éste particularidad y distorsionándolo. Además, la conmemoración a menudo se concentra en el rito, olvidando el hecho o se ocupa del pasado para desentenderse del presente. En definitiva, en la conmemoración la memoria corre el riesgo de vivirse como un pasado hoy irrelevante.
• Ámbito social: La memoria ejerce en la sociedad a menudo una influencia tranquilizadora en vez de provocadora. Los espectadores de la violencia asumen el discurso de que «todos hemos sido víctimas» o de que «nadie hizo nada por ellas». Los victimarios por su parte, atenúan su culpabilidad desarrollando relatos de necesidad histórica o mostrando su propio sufrimiento.
• Ámbito mediático:
– Los medios de comunicación social, habitualmente, no son una protección contra el olvido, sino más bien un potente instrumento para el mismo, pues suelen privilegiar el instante en detrimento de la duración.
– A pesar del poco tiempo en el que se lleva visualizando a las víctimas en los medios, en éstos hay cierta percepción de que en el público hay un sentimiento de saturación sobre ellas.
– La presencia de las víctimas en los medios genera en los espectadores, con mucha facilidad, los siguientes prejuicios: «claman venganza», «pretenden sacar ventaja de su desgracia», «son manipulados políticamente», «son el gran obstáculo para la paz», «su trauma los incapacita», «tienen un poder desproporcionado».
– La presentación del horror en los medios de comunicación social puede ser convertido en un espectáculo, que no protege o previene de nada, sino que incluso puede llegar a acostumbrar a lo terrible.
– La pantalla acerca y aproxima, pero también establece un muro que hace al otro totalmente ajeno; además, la pantalla, en su explicitación visual, no posibilita la imaginación, que es nuestro gran déficit ante el mal padecido.
Las paradojas presentadas nos ponen ante la necesidad de diferenciar entre la inexcusable obligación de recuperar la memoria y el deber de utilizarla, que no es tan evidente. No podemos conformarnos con hacer memoria de las víctimas, hay que intentar profundizar en cómo hacerlo, para que los objetivos de deslegitimación de la violencia por un lado y de reconocimiento de sus vidas (y muerte injustas) por otro, lleguen a buen puerto, sin conllevar consecuencias no deseadas como algunas de las ya apuntadas.
Una memoria pedagógica, ética y política
La memoria de las víctimas ofrece la ocasión para un aprendizaje cívico de gran magnitud, por eso mismo nos remite, al menos a la pedagogía, a la ética y a la política.
A. Pedagogía sin buenismo. El buenismo —perdón por la expresión, todavía no admitida por la RAE—, muy habitual en el ambiente pedagógico y, particularmente, en muchos teóricos de la educación para la paz y en profesionales de la mediación, es difícilmente definible pero fácilmente identificable en sus múltiples expresiones:
• Antropología ingenuamente optimista: Se oculta la inhumanidad consustancial a nuestra humanidad y se identifica con «monstruos» o «alimañas» a quienes cometen el mal, tranquilizándonos como si nosotros no fuésemos capaces de actuar de ese modo.
• Sensiblería y emotivismo: Todo sufriente, por el hecho de serlo, parece inocente. Se elude la realidad envolviendo el pasado con el sentimentalismo, la generalización y el dolorismo. Sin embargo, la memoria no se puede basar en la mera emoción, pues en tal caso en muy frágil y políticamente inútil.
• Proteccionismo: Sólo se puede educar en un ambiente protegido, evitando el temor, el trauma. Sin embargo, no todo traumatismo debe ser evitado en educación.
• Consensualismo: Así se rechaza abordar la realidad de las víctimas en la sociedad hasta que no estemos todos de acuerdo acerca de ellas.
• Neutralismo (que no imparcialidad): Se proclama que todas las opiniones son igualmente respetables, que no se pueden juzgar, lo que da pie a que el discurso legitimador de la violencia se encuentre en pie de igualdad con el que lo rechaza.
El buenismo es, en el mejor de los casos, una ingenuidad peligrosa y, en el peor, un recurso ideológico que pretende, al mismo tiempo justificar y ocultar posiciones políticas inaceptables.
B. Ética sin moralismo. El moralismo se presenta con una triple expresión:
• Principios sin mediaciones: aplicar directamente sin consideraciones contextuales y particulares, los principios éticos generales y abstractos. La identificación de este error es relativamente fácil: se nos presenta como una afirmación general evidente y razonable («nadie tiene toda la razón», «el diálogo es la mejor solución», «todos hemos de ceder en algo»…) cuyas conclusiones prácticas (indiferenciación entre víctimas y verdugos, concesiones a quienes ejercen la violencia por parte de quienes la sufren, impunidad para los vulneradores de derechos humanos…) son inaceptables desde el mínimo rigor ético (lo que paradójicamente hace a menudo revertir la acusación de moralismo sobre quien lo denuncia).
• Ensalzamiento injustificado de la víctima: emergencia del culto y la sacralización de la víctima. La violencia por un lado cosifica, pero por otro glorifica (generando mártires o héroes), la memoria corre el peligro de hacer lo mismo. Se trata, por el contrario, de evitar dos grandes peligros de la memoria: ni negar (banalización) ni exagerar (sacralización) lo ocurrido.
• Adoctrinamiento desde una postura moral legítima, pero no universalizable. A veces da la sensación de que no compartir todos los postulados de la víctima, no concederle toda la razón, nos convierte en sus opositores o en defensores de sus agresores, lo que es del todo incierto. En definitiva, el moralismo imposibilita el análisis político y hace la memoria vana y bienpensante.
C. Política sin partidismo. La memoria, el aprendizaje ético del pasado, tal y como lo estamos formulando debe, además, ser enfocado políticamente, aunque desde unos parámetros prepartidarios.
¿Qué puede significar esto?
• Provocar una actitud crítica, de vigilancia, que se expresa de múltiples modos: planteando las preguntas que parece que ya no tienen razón de ser ante la «naturalización» de la realidad; posibilitando una mirada que va más allá de lo obvio; haciendo una permanente evaluación política de los logros; recordando que todo presente tiene un déficit de legitimidad pues se construye indefectiblemente sobre cadáveres de víctimas.
• Más en concreto, se trata de destacar la manera en que la memoria colectiva trabaja mediante reconstrucciones, mezclas y omisiones, haciendo que la realidad ideológica llega a veces a borrar la realidad real.
• Mantener una actitud inclusiva: 1) en la víctima, al dar testimonio de los propios sufrimientos, obliga también a volverse el testigo de los otros oprimidos privados de palabra; 2) en la sociedad, la memoria justa sería la inclusión del sufrimiento del otro.
• Fomentar un universalismo de la particularidad concreta. La conmemoración tiene precisamente como misión la de recordar la humanidad de cada víctima, no de todas ellas en una indiferenciación que las oculta.
• Posibilitar la relevancia: si la memoria de las víctimas no se vincula con nuestro presente se convertirá, en breve, en una memoria sin futuro.
• Provocar compromiso: La memoria ha de reflexionar políticamente sobre el pasado y sacar de ahí un compromiso para el presente.
• Recuperar la ciudadanía perdida. Junto con el daño personal (físico o psíquico) a la víctima se le ha infligido un daño político (exclusión de ciudadanía). En consecuencia, se ha de tratar de devolvérsela.
• Lograr el reconocimiento: Devolver a las víctimas su condición de coprotagonistas del destino colectivo, haciéndolas sujetos necesarios para la identidad colectiva. Pero esto ha de ser así renunciando a su manipulación, integrándolas en el nuevo proyecto compartido y no tanto haciendo lo que ellas dicen cuanto lo contrario a lo que hicieron sus victimarios.
¿Un relato de memoria democrática común?
La polis democrática puede ser entendida como una comunidad de memoria, que guarda las acciones —de palabra y obra— de sus ciudadanos. Pero la suya no es una memoria homogénea, es más bien una memoria plural y diversa. La ciudad es el espacio de confrontación en libertad de recuerdos divergentes. No debemos postular la existencia de un único relato «oficial» en su sentido más estricto. No es posible ni recomendable, dada la complejidad del pasado. Hay que asumir, positivamente, que existan relatos plurales, con un único criterio limitador, que no es otro que la intención de verdad y justicia (que excluye consecuentemente el relato de los victimarios en cuanto que recogen hechos reales integrados en esquemas de injusticia que terminan falseándolos).
En este contexto, tienen especial importancia, primero, la memoria del daño producido dentro de la polis (la memoria del sufrimiento injusto, de las víctimas, de todas ellas) y, segundo, en ella, especialmente la confrontación con la alteridad: «recuerdo lo que te hice (o te hicieron)». La memoria forma y educa la conciencia, que es la interiorización del discurso de los otros en el del yo. Pero al incorporar el discurso y la experiencia de los otros, a través de la memoria, en mi propio discurso, me veo obligado a modificarlo para que se acomode a lo nuevo y ajeno, logrando que el recuerdo del mal padecido por el otro forme parte de mi identidad.
Es necesaria, por tanto, la mayor pluralidad posible. No hay que hacer tanto un relato común como una comunidad de memorias diferentes, una «polifonía de relatos». Lo común no es la historia sino la capacidad de reconocer las diferencias de los recuerdos. La memoria política ha de dejar al descubierto la fractura que no se puede nunca cerrar.
En conclusión, merece la pena vivir en la polis democrática porque ésta garantiza que nunca les dirá a sus ciudadanos, presentes o ausentes, vivos o muertos, que les ha pagado todas sus deudas y que, consecuentemente, ellos también son conscientes de que tampoco saldarán definitivamente las suyas.
Nota
El presente escrito es la transcripción de la aportación oral del autor el 5 de abril de 2011 en el Hikaateneo de Bilbao. Dado su carácter, no recoge citas ni referencias bibliográficas. Pero es de justicia reconocer aquí, al menos, el aliento intelectual de Tomás Valladolid, el magisterio permanente de Xabier Etxeberria y las sugerentes reflexiones de Antonio Gómez Ramos.
Galo Bilbao Alberdi es profesor de Ética en la Universidad de Deusto.
Conferencia presentada en el ciclo La sociedad democrática ante el final de ETA, organizado conjuntamente por Hikaateneo y Bakeaz y celebrado en Bilbao los días 8 de febrero, 9 de marzo y 5 de abril de 2011.
Publicado en la revista Hika, 223, mayo-junio de 2011.