Poco después de acceder por primera vez a la presidencia del Gobierno, el hoy convaleciente Ariel Sharon dejó claro cuál era su programa. En unas declaraciones al diario ’’Haaretz’’ el 13 de abril de 2001 señaló: “La guerra de Independencia todavía no ha terminado. No. 1948 fue tan sólo uno de sus capítulos Es imposible pensar que hayamos concluido nuestra tarea y que podamos dormirnos en los laureles”. Quien así hablaba había conseguido, seis meses antes, reventar las conversaciones de paz entre palestinos e israelíes y poner fin al Proceso de Oslo con su visita a la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén, lo que desencadenaría la Intifada del Aqsa, en el curso de la cual perderían la vida miles de personas.

Para el primer ministro, la Intifada del Aqsa no era más que un nuevo capítulo del enfrentamiento entre palestinos e israelíes, y, en consecuencia, debía entenderse como una prolongación de la guerra de 1948, en el curso de la cual Israel consiguió afianzar su independencia y ampliar sus fronteras. La Intifada, pues, ofrecía a Israel una extraordinaria oportunidad para derrotar nuevamente a los palestinos y refundar el Estado judío por medio del trazado de unas nuevas fronteras mediante la construcción de un enorme muro de más de 650 kilómetros.

Sharon coincidía con el histórico dirigente sionista Zeev Jabotinsky en la necesidad de derrotar a los palestinos militar y psicológicamente. El 4 de marzo de 2002, Sharon declaró ante el Parlamento israelí: “Si [los palestinos] no sienten que han sido vencidos, no podremos regresar a la mesa de negociaciones”. El ex jefe de Estado Mayor del Ejército israelí, Moshe Yaalon, desarrolló esta idea: “Se debe hacer llegar a lo más profundo de las conciencias de los palestinos el hecho de que son un pueblo derrotado”.

La doctrina del ’’muro de hierro’’ de Jabotinsky, que pretendía recluir a los palestinos en cada vez una menor porción de territorio para afianzar las fronteras del Gran Israel, siempre estuvo muy presente en la mente de Sharon. Ya en 1998, como ministro de Infraestructuras, diseñó un ambicioso plan para colonizar los territorios ocupados de manera intensiva. En unas polémicas declaraciones, pidió a los colonos que extendieran sus asentamientos: “Todo el mundo debe pasar a la acción y tomar más colinas. Todo lo que cojamos ahora, será nuestro en el futuro”. Esta petición fue tomada al pie de la letra y favoreció la creación de cientos de microasentamientos que supusieron un duro golpe para la continuidad territorial palestina. Sus planes de colonización preveían duplicar el número de colonos existentes en Cisjordania con la llegada de medio millón de israelíes, en flagrante violación de la Cuarta Convención de Ginebra, que prohibía a la potencia ocupante desplazar su población al territorio ocupado.

Como primer ministro, Sharon volcó toda su atención en dos propósitos. Por una parte, el avance en la política de hechos consumados para provocar un vuelco demográfico en los territorios ocupados que facilitase la anexión de una parte significativa de éstos, dentro de la lógica clintoniana de “lo que es judío para los judíos, lo que es palestino para los palestinos”. Por otra parte, la derrota total y definitiva del movimiento de liberación nacional palestino, algo que ya intentara sin éxito en 1982 durante el asedio de Beirut.

Por eso era tan importante marginar al negociador palestino y adoptar medidas unilaterales. En un primer momento, Sharon decidió encerrar a Arafat en su cuartel general hasta que le sobrevino la muerte, y cuando Abu Mazen fue elegido democráticamente como su sustituto se negó a reunirse con él. Como dijera ante la Knesset el 16 de marzo de 2004, “No hay ni un solo palestino que tenga la capacidad y la valentía necesaria para negociar. Por eso no habrá negociaciones con los palestinos sobre cuestiones políticas, por eso Israel se ve obligado a aplicar sus propios criterios y poner en marcha su plan unilateral”.

Este plan unilateral consistía en evacuar la estrecha y superpoblada Gaza, movimiento que, en realidad, era una cortina de humo para distraer la atención de la comunidad internacional, que recibió con grandes alharacas la salida israelí de la franja, pero que se mantuvo muda ante el imparable avance del muro. Como reconociera Dov Weisglass, el principal asesor de Sharon, “La importancia del plan de desconexión es que congela el proceso de paz y, al congelar dicho proceso, evita el establecimiento de un Estado palestino, así como la negociación sobre los refugiados, las fronteras y Jerusalén. En realidad, todo lo que se refiere al Estado palestino, y todo lo que éste conlleva, ha sido eliminado de nuestra agenda de manera indefinida: no habrá un proceso político con los palestinos”.

Hay quienes han comparado a Sharon con De Gaulle, pero es mucho mayor el parecido con Ben Gurion. No está de más rescatar una frase del padre fundador del Estado israelí que bien podría haber sido pronunciada en los últimos años por Sharon: “Estoy seguro de que nos estableceremos en otras partes del país, ya sea mediante acuerdos con nuestro vecinos árabes o por otros medios. La prioridad es erigir un Estado judío de inmediato, incluso si no es en todo el territorio. El resto vendrá con el tiempo”.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos 
de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2006; © Bakeaz, 2006. Publicado en El Correo, 21 de enero de 2006.