El reciente ataque contra Gaza evidencia, una vez más, el fracaso de Israel a la hora de contener a Hamás. Tras aceptar su participación en las elecciones de 2006, el gobierno israelí hizo todo lo posible para poner fin a la experiencia islamista estrangulando a la pequeña y superpoblada Gaza con la esperanza de que el respaldo popular a la formación islamista fuera disminuyendo a medida que desaparecieran los productos básicos de sus zocos. En un encuentro mantenido en Gaza el pasado verano con Basel Naim, responsable de la campaña electoral de Hamás y ministro de Sanidad, sintetizó la situación de la siguiente manera: «Estados Unidos, Israel y algunos países europeos consideraron que mediante el asedio, el embargo y el cierre de fronteras, en dos o tres meses el gobierno se colapsaría y Hamás se doblegaría. Se equivocaron».
Cuando dicha estrategia no funcionó, Israel y Estados Unidos alentaron un golpe de mano contra el gobierno de Hamás perpetrado por las fuerzas de seguridad de Fatah dirigidas por Muhamad Dahlan. Desde entonces coexisten dos gobiernos palestinos: uno en Gaza que es considerado ilegítimo por la comunidad internacional y otro en Cisjordania que cuenta con los parabienes de los países occidentales. El primero fue elegido en las urnas, el segundo no. Desde el conato de guerra civil en verano de 2006, Israel ha intensificado el cierre de Gaza impidiendo incluso el paso de ayuda humanitaria, lo que ha provocado la mayor crisis alimentaria en la historia de la franja desde la hambruna padecida durante la dominación otomana, todo ello sin conseguir el objetivo deseado: debilitar a Hamás. Una parte significativa de la población, no sólo en Gaza sino también en Cisjordania, considera que la formación islamista puede defender mejor el proyecto nacional palestino que su rival Fatah, cuya apuesta por la paz ha fracasado de manera rotunda, tal y como evidencia la situación sobre el terreno.
Por eso el brutal bombardeo de Gaza, que ha dejado más de 380 de víctimas hasta el momento, debe considerarse un nuevo intento israelí de socavar la autoridad de Hamás, no muy diferente del llevado a cabo en 1982 cuando intervino en Líbano para tratar de acabar con la OLP. Como en aquel entonces, también ahora la comunidad internacional se ha limitado a pedir un alto el fuego y contención a las partes, como si existiera algún tipo de simetría entre la capacidad bélica de los contendientes. En la última semana, la ministra de Asuntos Exteriores israelí se puso en contacto con algunos de sus homólogos europeos para informarles de que su país llevaría a cabo una operación limitada contra Hamás. También Egipto y Jordania, dos de los principales aliados de Estados Unidos en Oriente Medio, habrían sido informados de las intenciones israelíes. Al igual que para los países occidentales, para los dirigentes árabes conservadores el control de Gaza por la facción palestina de los Hermanos Musulmanes resulta un permanente quebradero de cabeza, debido a que las ramas locales de dicha organización son, a su vez, las principales fuerzas de oposición en ambos países. Se entiende, así, que las únicas peticiones formuladas a la dirigente israelí fuesen que la operación no se cebara con la población civil ni agravara la delicada situación humanitaria de Gaza.
La Administración de Bush, que en la Conferencia de Anápolis prometiera un acuerdo de paz para diciembre de 2008, ha secundado la ofensiva bélica de su aliado. La Casa Blanca se ha limitado a reclamar a Hamás que «ponga fin a sus actividades terroristas», mientras que la Secretaria de Estado, Condoleezza Rice, ha considerado que «Hamás es responsable de la ruptura del alto el fuego y el estallido de la violencia en Gaza». También los medios de comunicación norteamericanos se han puesto al servicio del gobierno israelí para que lance su habitual campaña de relaciones públicas. Barak ha prodigado sus apariciones en Fox: «Pedirnos un alto el fuego con Hamás es como pedir a Estados Unidos un alto el fuego con Al Qaeda», y la CNN: «Estoy seguro que el Gobierno americano no hubiera esperado un solo día para responder en el caso de que San Diego fuera bombardeada desde Tijuana por cientos de misiles».
El ataque israelí también parece fríamente calculado para impedir una eventual normalización de relaciones entre Hamás y la comunidad internacional. Al dejar tras de sí centenares de muertes, Israel apuesta por una escalada de tensión que probablemente interrumpirá el giro pragmático emprendido por la formación islamista en los últimos años, que se había traducido en su participación en las elecciones legislativas, su apuesta por el alto el fuego y su aceptación tácita de Israel en las fronteras internacionalmente reconocidas. Es de prever que los sectores radicales islamistas, partidarios del ‘sólo hablan las bombas’, delimiten a partir de ahora la estrategia a seguir, arrinconando a los dirigentes moderados que habían llevado la voz cantante en los últimos años.
Las autoridades israelíes también pretenderían lanzar un mensaje al presidente electo Barack Obama, quien durante su campaña defendió la necesidad de dialogar con los enemigos tradicionales de Estados Unidos, incluidos Irán y Siria: los dos principales aliados de Hamás. Tras la victoria electoral del candidato demócrata, el líder islamista Jalid Mashal le envió una carta de felicitación, a través de Qatar, en la que le instaba a reconocer a Hamás como fuerza política y le manifestaba su disposición a entablar un diálogo directo con la nueva Administración americana de manera inmediata. La misiva también ofrecía a Israel una tregua de treinta años de duración en el caso de que se retirase de los Territorios Ocupados. La pasada semana, Mashal se había reunido en Damasco con Jimmy Carter con la esperanza de que ejerciera de puente de comunicación con el nuevo presidente americano que, en varias ocasiones, ha manifestado su respaldo a una paz global que ponga fin al conflicto de Oriente Medio. Con la reciente operación, el gobierno israelí dinamita dicha posibilidad y traza una ‘línea roja’ para la próxima Administración norteamericana: Hamás no debe incorporarse al proceso de paz.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2008; © Bakeaz, 2008. Publicado en El Correo, 31 de diciembre de 2008.