La celebración, este pasado domingo, del Día de la No Violencia resulta un marco apropiado para que nos planteemos lo que desde ella puede significar la derrota del terrorismo. Aunque la palabra ’’derrota’’ no es habitual en contextos de no violencia, la considero muy expresiva y adecuada cuando la aplicamos a la derrota de las opciones terroristas. Éstas, en efecto, son la negación más radical de ella: se definen por la justificación de medios violentos al servicio de fines supuestamente justos. Frente a ello, la no violencia no dice solo que hay que renunciar a esos medios, por profundo sentido de humanidad; dice también que esos medios contaminan el fin, lo transforman, hacen que en su concreción mediada por ellos sea malo, aunque a priori pudiera ser legítimo. Por tanto, que se logre una derrota social y política de las opciones terroristas —sus medios y fines—, de modo tal que resulten inaceptables para la ciudadanía, es una tarea básica de la no violencia, en la que debe empeñarse a fondo. (Aclaro que esto no pide al nacionalismo democrático que renuncie a sus objetivos de soberanía, sino que se haga cargo de que postula una soberanía diferente a la reclamada violentamente por el terrorismo de ETA, siendo escrupulosamente coherente con los medios con los que la defiende).

A la no violencia le incomoda la palabra ’’derrota’’ cuando se refiere a derrota de las personas terroristas, porque anhela integrar a todos en la convivencia. En este sentido se plantea que la derrota de las opciones terroristas es plena no cuando la gran mayoría de la sociedad las rechaza con contundencia, sino cuando, además, es el propio terrorista el que las derrota en su interior. Que esto sea posible, aunque difícil, nos lo muestran ejemplos de personas concretas que lo han hecho —unas confesándolo expresamente, otras mostrándolo en sus obras—. Desde la no violencia se impone un trabajo firme para ayudar a que estas derrotas interiores se produzcan, sabiendo que nadie puede imponerlas sin falsearlas, porque dependen de procesos libres.

En este terreno de la posible integración de los terroristas, la no violencia nos hace una propuesta de arranque: que la deseemos. Que deseemos de verdad que los terroristas vayan teniendo actitudes y comportamientos de tal naturaleza que la hagan viable. Que, porque la deseamos, colaboremos en ello. En este sentido, el horizonte no es lograr derrotas de las personas en cuanto tales.

El problema básico de esta consideración es lo que tiene de provocadora no tanto para la sociedad, cuanto para las víctimas. Porque acaba implicando la no absolutización de modelos retributivos de justicia penal —que se sufra el daño equivalente al que se ha causado—, y la apertura a modelos restauradores que implican, por lo que se refiere a los victimarios, que se contemplen posibles reducciones o transformaciones de penas orientadas a su integración social, si se dan las condiciones adecuadas y siempre con carácter individual. ¿No quebranta esto la justicia debida a las víctimas? Creo que no la quebranta, pero ciertamente la transforma.

Para entenderlo adecuadamente, conviene centrar ahora el enfoque no violento en las víctimas. Éstas aparecen en él en una doble perspectiva. En primer lugar, el panorama global de la no violencia no debe mirar solo al futuro —que no haya víctimas—, sino también al presente, con sus enraizamientos en el pasado —que se atienda a las ya víctimas—. A la no violencia esto le exige colaborar en que se cumpla plenamente la justicia orientada directamente a las víctimas, y concretada en la memoria, el reconocimiento y la reparación debidas: es esta la perspectiva restauradora de la justicia por lo que se refiere a ellas. En segundo lugar, mirando ya a un futuro de convivencia pacífica, debe construirlo por medios o vías adecuadas. Pues bien, un medio clave para ello es precisamente esta justicia a las víctimas. La no violencia nos dice que esto no es instrumentalizarlas, porque se trata de un medio en el que anida poderosamente el fin, es el fin realizándose.

Sé que hay personas que pueden acoger positivamente esta propuesta, mientras que a otras puede parecerles inadecuada. Ante esta doble posibilidad hay que reconocer que los planteamientos no violentos desbordan lo exigido por la doctrina de los derechos humanos, dentro de los cuales se contempla como legítima la justicia retributiva, evidentemente sujeta a condiciones y límites guiados por el principio de legalidad y de dignidad universal.

Volviendo ahora a los victimarios, pero teniendo ya presentes a las víctimas, si el enfoque no violento quiere ser opción política y no meramente personal, debe reclamarse a las instituciones públicas la no ingenuidad en la propuesta de horizontes integradores de los terroristas. Es aquí donde se plantea la cuestión de las condiciones ineludibles que deben ser exigidas a los terroristas. Evidentemente: que el fin de la violencia sea seguro; que la integración efectiva y estable en el Estado de derecho que los derechos humanos han potenciado sea real; que se exprese el reconocimiento del daño causado como injusto; y que se garantice la no revictimación —por ejemplo, en forma de homenajes a victimarios— y la colaboración de éstos, en lo que les toca, en la justicia debida a las víctimas tal como se ha señalado antes. ¿Hay que avanzar más exigencias? Es un tema de debate democrático. Creo que en la lógica no violenta, a la que me adhiero, está exigir las condiciones mínimas necesarias, desde esa perspectiva en la que se busca derrotar la opción terrorista más que a la persona terrorista, y en la que se está dispuesto a apostar, a través de dinámicas sociales, por mayores transformaciones futuras.

Xabier Etxeberria es miembro del Centro de Ética aplicada de la Universidad de Deusto y de Bakeaz.

© Xabier Etxeberria, 2011; © Bakeaz, 2011. Publicado en El Correo, 1 de febrero de 2011.