África se desangra desde hace tiempo. Y en lugar de curar las heridas tratando de aplicar la adecuada medicación, sólo nos preocupa tener bien lejos la molesta sangre para no tener que tomar conciencia de la magnitud del drama. Hambrunas, pandemias, catástrofes, interminables guerras, han acabado por ser el escenario de un continente que vive en permanente tragedia. Y por si fuera poco, toda África se aleja de unas corrientes globalizadoras demandantes de inversión, tecnología, conocimiento, información y consumo. De forma que sus habitantes únicamente pueden malvivir entre esa pobreza que mata, consumidos por la deuda externa y las políticas neoliberales, socorridos por una caridad internacional que por cada dólar que da como ayuda, cobra dos en concepto de deuda. Para empeorar las cosas, el endurecimiento de las políticas migratorias que todos los países occidentales han desplegado ha llevado a encerrar literalmente a los africanos en sus países, para que se consuman mejor en su propia salsa.

Lo llamativo es que haya quien se asombre de ver cómo la gente arriesga su vida por salir de ese infierno. Lo hicieron primero en pateras, después saltando las alambradas de Ceuta y Melilla, y ahora arrojándose al mar en una navegación tan incierta como desesperada para llegar a Canarias. Y lo harán mañana de cualquier otra forma, para escapar de un continente sin futuro, porque no es sólo pobreza lo que empuja a los africanos a salir de sus países; es una ausencia completa de horizonte para ellos y sus familias, es la carencia absoluta de derechos y libertades, es también su alejamiento de ese paraíso tecnológico y de consumo tan exuberante que la globalización ha construido en los países occidentales y que pueden ver a través de las parabólicas y los medios de comunicación.

Desde todos los puntos de vista, lo que buscan en las migraciones quienes salen de sus países no lo encuentran en las alternativas de desarrollo y cooperación que proponen los países occidentales, porque nadie emigra pensando que va a empeorar su situación, sino que lo hace con la perspectiva, si bien incierta, de mejorar su bienestar y el de los suyos en otro lugar. Mientras esa percepción no cambie de forma sustancial en África, poco se podrá hacer para detener las oleadas migratorias. Y para que cambie es preciso que, de una vez por todas, la comunidad internacional se decida a una actuación amplia, ambiciosa y urgente en todo el continente.

Por ello, la llegada de inmigrantes a Canarias no es únicamente un problema de España, sino que exige la implicación de toda la Unión Europea y de la comunidad internacional, para que de una vez por todas entiendan el significado real de esas avalanchas que también se están dando en el propio continente africano.

Carlos Gómez Gil es investigador de Bakeaz y director del Observatorio de la Inmigración de la Universidad de Alicante.

© Carlos Gómez Gil, 2006; © Bakeaz, 2006.
Publicado en El Correo, 29 de mayo de 2006.