A medida que se acerca la fecha tope fijada por la resolución 1696 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para que Irán interrumpa el enriquecimiento de uranio, parece cada vez más claro que este país no tiene la menor intención de detener su programa nuclear y que, en consecuencia, la única opción que le resta a la comunidad internacional es la imposición de sanciones políticas y diplomáticas. Dichas medidas podrían desencadenar un nuevo ciclo de violencia en la región, puesto que el Irán de los ayatolás no es ni el Irak de Sadam Hussein, ni el Afganistán de los talibanes, ni tampoco el débil Líbano donde las milicias de Hezbolá campean a sus anchas.
Como recientemente recordaba el periodista Abdel Bari Atwan, director del diario ‘Al-Quds Al-Arabi’ y uno de los analistas árabes más perspicaces, Irán guarda varias cartas en la manga para hacer frente a cualquier eventual acción norteamericana: la movilización de las milicias chiíes de Irak, Afganistán y Líbano para torpedear los proyectos americanos (algo que sólo ha hecho hasta ahora con Hezbolá); la desestabilización del golfo Pérsico (que también cuenta con importantes comunidades chiíes), donde se concentran un tercio de las reservas mundiales de petróleo; el ataque contra los más de 140.000 soldados americanos desplegados en Irak o los 40.000 destacados en Afganistán, dos países vecinos de Irán; la interrupción del alto el fuego alcanzado en Líbano, que podría convertirse en un nuevo ‘Estado fallido’, y, por último, la activación de «diversos grupos terroristas distribuidos por todas las partes del mundo que tan sólo esperan una señal para actuar». Quizás lo más peligroso para Washington sea, como recuerda Atwan, que «Irán también cuenta con misiles capaces de golpear las bases americanas en el Golfo y puede cerrar el estrecho de Ormuz, por donde cada día se exportan a Occidente 18 millones de barriles de petróleo, o bombardear los propios pozos de petróleo, lo que llevaría el precio a los 150 dólares».
Es más que probable que los dirigentes iraníes, con el líder espiritual Alí Jamenei y el presidente Mahmud Ahmadineyad a la cabeza, consideren que actualmente se dan las condiciones necesarias para lanzar un órdago a la mayor a la comunidad internacional en general y a Estados Unidos en particular. En los últimos años, la influencia de Irán no ha dejado de crecer en la zona, al contrario de lo pronosticado por los intelectuales neoconservadores cercanos a la Administración de Bush. En 2002, en plenos preparativos de la invasión de Irak, Michael A. Ledeen, uno de sus puntales, publicó su libro ‘La guerra contra los señores del terror’, en el que señalaba, entre otras cosas, que «detrás de todo el veneno antiamericano de los seculares radicales de Bagdad, de los fanáticos religiosos de Teherán, del régimen minoritario de Damasco y de los cleptómanos de la Autoridad Palestina está la certeza de que son odiados por sus propios pueblos. Su poder reside en el terror, recientemente dirigido contra nosotros mismos, pero con anterioridad ejercido siempre contra sus propios ciudadanos. En el caso de que se les otorgara la oportunidad de expresarse libremente, iraquíes, iraníes, sirios, libaneses y palestinos desalojarían del poder a sus actuales opresores». Según estos planteamientos, las masas árabes e islámicas se lanzarían a las calles para recibir a sus libertadores con flores y, llegado el caso, darían un respaldo masivo en las urnas a los dirigentes más cercanos a Washington. Exactamente lo contrario de lo que ha ocurrido desde entonces.
El derrocamiento del déspota iraquí Sadam Hussein por las tropas americanas no ha motivado una primavera democrática en Mesopotamia, donde la sangre no deja de manar de la incurable herida de Irak y donde ya son legión, incluidos los mandos militares norteamericanos, quienes reconocen que el país está inmerso en una guerra civil de impredecibles consecuencias. Por otra parte, los palestinos bajo la ocupación dieron su respaldo masivo a Hamás no tanto por comulgar con su ideario islamista sino como forma de protesta contra un proceso de paz hecho a medida de Israel que, en lugar de allanar el camino para la construcción de un Estado independiente y soberano, permitió a Tel Aviv imponer nuevos ‘hechos consumados’, como la construcción del muro, la multiplicación de sus asentamientos y la intensificación de la colonización.
En los últimos cinco años, Irán ha emprendido el camino de la radicalización. La presencia de tropas americanas en Afganistán e Irak fue considerada como una amenaza potencial contra la república islámica, lo que llevó a los ayatolás a frenar, de la noche a la mañana, las reformas emprendidas por el presidente Jatamí y a blindar el régimen teocrático con la elección de Ahmadineyad, un halcón entre los halcones. Desde entonces Irán ha iniciado una huida hacia delante que lo ha llevado a radicalizar su discurso y a lanzar un órdago contra la comunidad internacional: su programa nuclear.
Según desvela un reciente informe publicado por The Royal Institute of Foreign Affairs, de Londres, con el esclarecedor título ‘Irán, sus vecinos y las crisis regionales’, «no cabe ninguna duda de que Irán ha sido el principal beneficiado de la guerra contra el terror en Oriente Próximo. Estados Unidos ha eliminado dos de los rivales regionales de Irán –los talibanes de Afganistán en noviembre de 2001 y el régimen de Sadam Hussein en abril de 2003–, pero ha fracasado a la hora de reemplazarlos con estructuras políticas coherentes y estables. El estallido de conflictos en dos nuevos frentes en junio y julio de 2006 entre Israel y los palestinos en Gaza de una parte, e Israel y Hezbolá en Líbano de otra, ha dado dimensiones regionales a esta inestabilidad. Irán ha logrado llenar el vacío con una aparente facilidad que ha sorprendido tanto a los actores regionales como a Estados Unidos y a sus aliados europeos. Irán es hoy en día uno de los más significativos y poderosos Estados en la región y su influencia se extiende por Oriente Medio, Turquía, el Cáucaso, Asia Central y Asia del Sur». Como ha demostrado la crisis libanesa, una intervención militar en Irán podría tener los efectos contrarios a los deseados, al radicalizar aún más el régimen y debilitar, como de hecho ya ha ocurrido, a los sectores reformistas partidarios de pasar página y llevar a cabo la revolución de la revolución islámica.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2006; © Bakeaz, 2006.
Publicado en El Correo, 27 de agosto de 2006.