En los estertores de la dictadura franquista hubo dos momentos que centraron la atención de la opinión pública internacional sobre el País Vasco. Uno fue en 1970, cuando 16 miembros de la organización armada ETA (Euskadi ta Askatasuna) recibieron 9 sentencias de muerte y 519 años de prisión. La movilización doméstica e internacional, ciudadana y diplomática, forzó al régimen a conmutar las penas de muerte. El segundo punto de inflexión tuvo lugar un lustro más tarde, al ser ejecutadas cinco personas, dos de ellas miembros de ETA. En ambas ocasiones se activó en toda Europa, Alemania incluida, una ola transnacional de solidaridad con los militantes de una organización que, desde unos años antes, había optado por la violencia en su lucha contra la dictadura.
Más de tres décadas después, y con una transición a la democracia que, con sus luces y sombras, ha servido de referente a otros países de Latinoamérica y de la Europa del Este, la situación política, social y cultural es radicalmente diferente. De un régimen centralista que contemplaba España como «una, grande y libre» se ha pasado a un Estado descentralizado donde las comunidades autónomas disfrutan de competencias que poco tienen que envidiar a las de los Länder alemanes. O nada en el caso del País Vasco, la región de Europa que disfruta de mayor grado de autogobierno. De sus instituciones dependen la educación, la salud, las infraestructuras y la seguridad. Además, recauda los impuestos en su territorio, una parte de los cuales (alrededor del 6% del total) se devuelve anualmente al Estado central para financiar las competencias no transferidas. Mención especial merece la evolución sufrida por la principal seña de identidad del País Vasco, el euskera. La apuesta social e institucional por su preservación ha logrado que pase de ser un idioma hablado con fluidez por un 20% de la población en 1982 a que lo domine una tercera parte. El sistema educativo ha desempeñado un papel clave en esta recuperación: hoy un 69% de los niños que se incorporan a la escuela tienen la lengua vasca como idioma vehicular.
Realidades objetivas e incontestables como las mencionadas no parecen ser suficientes para que ciertos reductos de la izquierda alemana actualicen una imagen de la democracia española y del País Vasco ancladas en el franquismo. He asistido a actos organizados en Alemania por organizaciones de apoyo a presos políticos y de solidaridad con la causa vasca en las que se pintaba un panorama de la situación en el País Vasco tan desolador como desinformado: que si la lengua vasca está perseguida, que se conculcan los derechos humanos a diario, que la disidencia política se penaliza con la cárcel…, afirmaciones agónicas que denotan un profundo desconocimiento de la evolución experimentada por las sociedades española y vasca en los últimos años. Son retratos al dictado de quienes les han vendido una barca que hace aguas y pintan a unos vascos irreductibles que, puño en alto, luchan por un País Vasco independiente y socialista. En un ejemplo de «oxímoron simbólico», combinan el gesto inventado por el Frente Rojo para enfrentarse al nazismo en la lucha física y simbólica por la calle durante la República de Weimar con una canción que habla de sacrificar la sangre en defensa de la patria vasca. Das Baskenland über alles.
Pero más preocupante que la falta de actualización de ciertos sectores de la izquierda extraparlamentaria alemana es que la izquierda institucionalizada se aferre a estereotipos tiempo ha periclitados. Traeré a colación un ejemplo reciente, por lo que de ilustrativo pueda haber en él de visión anacrónica del País Vasco y España. A principios del pasado noviembre se celebró en el País Vasco la primera reunión de la «Red Gernika por la Autodeterminación» con el objetivo de «defender el derecho de autodeterminación de Euskal Herria en diferentes instituciones y organismos internacionales». Ni una palabra sobre aunar esfuerzos en aras de la justicia social, de la precariedad laboral, de la globalización neoliberal, de la acogida e integración de inmigrantes, nada que pudiera justificar la presencia de una fuerza progresista e internacionalista en una plataforma para la defensa de abstracciones como las patrias. Actuaba como anfitrión el partido nacionalista Acción Nacionalista Vasca (ANV), brazo político del nacionalismo radical que se niega a condenar los atentados cometidos por la banda terrorista ETA. La oportunidad más reciente para desmarcarse de la violencia la tuvieron el pasado 1 de diciembre del 2007, después del asesinato de dos miembros de las fuerzas de seguridad españolas cuando efectuaban labores de información en suelo francés. El resto de los asistentes a la reunión incluía un parlamentario del Sinn Féin, un diputado flamenco de la Nieuw-Vlaamse Alliantie y representantes catalanes y escoceses de partidos electoralmente irrelevantes, todos ellos nacionalistas. Estaba presente asimismo un representante de Die Linke, Michael Leutert, portavoz de su partido en la Comisión de Derechos Humanos del Bundestag. El citado parlamentario se descargó con una serie de perlas sin desperdicio: en el País Vasco se vive una situación similar a la del Tíbet; la práctica de la tortura en España es sistemática. Una muestra adicional de desinformación: la reivindicación de la independencia es la causa del encarcelamiento de la dirección de un partido político, en referencia al partido Batasuna, proscrito en España desde el año 2003. Lo afirma sin asomo de pudor el miembro de un partido que apuesta por la ilegalización del NPD [partido neonazi] (véanse las declaraciones de Petra Pau, vicepresidenta del Bundestag por Die Linke, en Lausitzer Rundschau, 28/07/07).
Nadie parece haber puesto a este representante al corriente de que en el Parlamento español (por no mencionar los ámbitos regional y municipal) hay representantes de partidos independentistas vascos y catalanes desde las primeras elecciones generales de 1979 hasta las últimas del 2004 sin que sobre ellos jamás haya pendido la espada de la ilegalización; que en el País Vasco y Cataluña partidos independentistas participan ahora mismo en gobiernos de coalición; que uno de los apoyos parlamentarios del gobierno de Rodríguez Zapatero en la presente legislatura ha sido Esquerra Republicana de Catalunya, partido abiertamente secesionista. Lejos de resultar encarcelados, disfrutan de las mieles del poder. Quiere ello decir que con la ilegalización de Batasuna, una decisión por lo demás fuertemente contestada en el País Vasco, lo que se persigue no son los fines que propugna este partido —la independencia—, sino la legitimación y complicidad moral con el asesinato como medio de alcanzarla.
Tras el levantamiento del 17 de junio de 1953, Bertolt Brecht recomendó a las autoridades de la DDR que disolviesen al pueblo, por desagradecido, y eligiesen uno nuevo. Al nacionalismo radical vasco parece seducirle la consigna. Quienes desentonan en su jardín soñado corren el riesgo, en absoluto metafórico, de ser asesinados para, así, avanzar en el camino de la homogeneización ideológica. Más de 800 personas han corrido esa suerte desde 1968. Otros muchos lo evitan mediante medidas personalizadas de protección. Todos los representantes del Partido Socialista y del Partido Popular en el País Vasco y Navarra, desde concejales hasta parlamentarios, llevan escolta permanente, así como los jueces; también numerosos periodistas, profesores y empresarios. Estamos hablando de algo más de mil ciudadanos. El millar de agentes destinados a servicios de escolta resultan insuficientes para tan delicada tarea. En el año 2008 la contratación de servicios privados de escolta para garantizar la seguridad de las personas amenazadas, unos 2.500 efectivos en total, le costará al contribuyente unos 170 millones de euros.
Las víctimas del terrorismo y los amenazados son un recordatorio y muestra del coraje civil de quienes han sabido ver que a los proyectos totalitarios hay que hacerles frente desde el mismo momento en que conculcan los derechos humanos del primer ciudadano, porque, como advirtió en su día Niemöller, al final se corre el riesgo de que no quede quien proteste. Y ésta es una lección que la izquierda haría bien en interiorizar, en Alemania igual que en el País Vasco.
Jesús Casquete es profesor titular de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la UPV/EHU.
© Jesús Casquete, 2007; © Bakeaz, 2007.
Publicado en alemán (traducción con pequeños cambios) en Die Taz, 27 de diciembre de 2007.