En las conmemoraciones del quinto aniversario de los atentados del 11 de septiembre, el presidente George W. Bush volvió a hacer un ejercicio de funambulismo al intentar ligarlos con la intervención en Irak: «El mundo es ahora más seguro porque Sadam no continúa en el poder». Casi un mes más tarde, en su discurso radiofónico semanal, remachó: «Nuestro objetivo en Irak sigue siendo claro e inalterable: la victoria». Las palabras de Bush tienen un claro tinte electoral y pretenden evitar lo que, hoy por hoy, parece prácticamente inevitable: la catástrofe republicana en las elecciones del 7 de noviembre, en las que se renovará un tercio de los miembros del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes. Tal declaración de intenciones evidencia, además, que, a pesar de los numerosos contratiempos que están sufriendo las tropas estadounidenses en suelo iraquí, no está dispuesto a variar un ápice su estrategia.
El contraste entre la realidad y el deseo es más que notable. Según un reciente informe de la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health, el número de víctimas iraquíes desde marzo de 2003 podría superar las 650.000 víctimas (a razón de 143.000 por año). Del lado estadounidense las cifras no son tan alarmantes, pero muestran también un lento e incansable goteo de bajas cada vez más difícil de digerir. El mes de octubre va camino de convertirse en uno de los más sangrientos desde el inicio de la ocupación, con cerca de un centenar de militares muertos. Habría que remontarse dos años y medio atrás –abril de 2004– para encontrar un mes tan calamitoso. En total, 3.000 militares americanos han muerto desde el inicio de la ocupación, mientras que otros 26.600 han sido heridos de diversa gravedad.
Haciéndose eco del creciente malestar, un reciente editorial del ‘New York Times’ señalaba: «No importa lo que el presidente Bush diga, la cuestión no es si América puede ganar en Irak. La única cuestión es si Estados Unidos puede salir sin dejar detrás una guerra civil interminable que siembre más caos y sufrimiento en Oriente Medio y que, además, extienda el terrorismo por todo el mundo […]. El presidente debería dejar claro, de una vez por todas, que Estados Unidos no mantendrá en Irak bases militares permanentes. El pueblo iraquí y árabe necesita una clara señal de que las tropas no se quedarán para velar un proyecto imperial americano en la zona».
La situación en Irak está lejos de normalizarse y, según todo parece indicar, Estados Unidos está más cerca de la derrota que de la victoria, puesto que su proyecto de democratización del país y, por ende, del resto del mundo árabe, obra de un malabar efecto dominó, es ahora mucho menos factible que en el pasado. Es más, los contratiempos no dejan de multiplicarse, con el consiguiente quebradero de cabeza para la Casa Blanca. Un informe de los servicios de inteligencia norteamericanos que recoge las opiniones de 16 agencias gubernamentales y que ha sido mantenido en secreto hasta el momento –‘Tendencias del terrorismo global: implicaciones para Estados Unidos’–, señala que la ocupación de Irak ha incrementado la amenaza terrorista a escala mundial. Dicho informe considera que, aunque se han logrado éxitos relativos como el desmantelamiento del liderazgo de Al-Qaida, lo cierto es que el terrorismo de corte ‘yihadista’ es ahora mucho más peligroso, puesto que su mensaje ha calado entre miles de futuribles ‘mártires’ a través de las más de 5.000 webs ‘yihadistas’ actualmente en funcionamiento.
No ha sido éste el único ‘daño colateral’ de la invasión iraquí. Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), tres millones de iraquíes, más de un 10% de la población, se han visto obligados a abandonar sus hogares como consecuencia de los enfrentamientos y del proceso de limpieza étnica iniciado en varias regiones. Más de la mitad de ellos, sobre todo los que disponían de mayores recursos, han emigrado a los países vecinos, especialmente a Siria y Jordania, donde se han establecido un millón y medio de refugiados. En total se calcula que más de 800.000 iraquíes han llegado recientemente a Siria –lo que los convierte en un 5% de la población siria–, hecho que ha agudizado la ya de por sí precaria situación económica de un país que no parece levantar cabeza tras los últimos varapalos sufridos (al cierre del oleoducto iraquí en 2003 se sumó la salida de Líbano en 2005). Lo más significativo es que, según ACNUR, cada mes están llegando a Siria 40.000 nuevos iraquíes. Buena parte de ellos son miembros de la minoritaria comunidad cristiana de Irak (que representaba el 3% de la población). Tan sólo en 2006, más de 35.000 cristianos (un 5% del total) han abandonado el país debido tanto a las difíciles condiciones de vida de la posguerra como a la intensificación de la violencia confesional.
Así las cosas, todo es susceptible de empeorar aún más. Un reciente reportaje aparecido en el diario ‘The Guardian’ ha sacado a la luz lo que era un secreto a voces: Washington considera, entre otras opciones, la partición del país. Un hecho demuestra que, a pesar de todos los riesgos que conlleva, ésta podría ser una de las salidas posibles en el caso de una eventual retirada de las tropas estadounidenses en el corto plazo. La Constitución, aprobada hace un año, establece un marco federal, y el pasado 11 de octubre los partidos chiíes, que dominan el Parlamento, dieron su apoyo a una ley que permite la formación de regiones federales, pese a la tajante oposición suní, que advirtió de que un paso de esta envergadura acelerará el desmembramiento de Irak. La violencia interconfesional, otro de los grandes problemas del país, está allanando el camino a la división, aunque la creación de tres Estados –uno kurdo en el norte, uno suní en el centro y otro chií en el sur– sin duda exacerbará la situación, multiplicando las operaciones de limpieza étnica e intensificando la guerra civil en la que ya se encuentra inmerso el país árabe. No sólo eso: introduciría un nuevo elemento de tensión en una de las zonas geopolíticas más sensibles de todo el mundo, siendo probable que el conflicto iraquí contaminase también a sus más inmediatos vecinos, en especial a Turquía e Irán.
Pese a que, en su último discurso sobre Irak, Bush ha repetido que «la única forma de perder en Irak es si nos vamos antes de concluir el trabajo», cada vez parece más claro que, como resaltara Patrick Seale, uno de los analistas anglosajones que mejor conoce el Oriente Medio, «la elección para Estados Unidos y el Reino Unido no es ya quedarse o marcharse. Es una opción entre una salida honorable o una poco honrosa retirada bajo fuego enemigo, como ocurriera en Vietnam».
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2006; © Bakeaz, 2006.
Publicado en El Correo, 15 de noviembre de 2006.