La primera vuelta de las elecciones presidenciales rusas no ha ofrecido, al menos en lo fundamental, grandes sorpresas: ningún candidato se ha hecho con una mayoría absoluta con lo cual dos de ellos, Yeltsin y Ziugánov, deberán contender en una segunda vuelta. La ligera ventaja obtenida por el primero le otorga, por otra parte, una posición psicológicamente esperanzadora. Sólo un dato puede considerarse, en fin, una relativa sorpresa: el significativo porcentaje de respaldos populares –acaso un 35%– obtenido por los candidatos descartados invita a concluir que el voto útil tiene una importancia menor en Rusia.

Cuatro son los elementos que hay que invocar para describir la situación del momento. El primero nos recuerda que, pese al carácter discreto de sus resultados, Yeltsin ha remontado el vuelo. En los últimos meses ha conseguido superar el deterioro de su imagen provocado tanto por las nefandas políticas desplegadas en los últimos años como por sus muchos problemas de salud. Es verdad que en el camino el todavía presidente ha echado mano de procedimientos no precisamente admirables; ha volcado literalmente a sus servicio los medios de comunicación, ha prometido el oro y el moro –y al respecto parece haber dejado exhausta la reserva federal, algo que sorprendentemente no ha suscitado protesta alguna del Fondo Monetario Internacional – y ha alcanzado un aparente acuerdo de paz en Chechenia.

En segundo lugar, y al menos en una ojeada rápida, Yeltsin cuenta con posibilidades amplias de acrecentar sus apoyos en la segunda vuelta. Sobre papel, los candidatos que han ocupado los puestos tercero, cuarto y quinto en las elecciones del domingo –Lébed, Yavlinski y Yirinovski– están más próximos del actual presidente que de Ziugánov. Pero es muy probable que las decisiones personales de los candidatos descartados no vayan a ejercer una gran influencia cobre sus electores de la primera vuelta. Es fácil que muchos de éstos se abstengan en la segunda, que voten en contra de los dos candidatos contendientes –es una interesante posibilidad que ofrece la ley electoral– o que respalden, por qué no, a Ziugánov. Este último horizonte es particularmente hacedero en los casos de los electores de Lébed y de Yirikovski. Sean las cosas como sean, el hecho de que muchas gentes no hayan votado por Yeltsin en la primera vuelta es muy ilustrativo de su posición de fondo, y de sus recelos con respecto al presidente.

Una tercera observación nos recuerda, sin embargo, que Yeltsin se ve indirectamente beneficiado por lo que, en otra lectura, es una de las estrategias centrales de Ziugánov: la enorme ambigüedad e indefinición de éste. El gran problema del dirigente comunista estriba, tal vez, en que la segunda vuelta exige una mayor claridad y compromiso; y tanto una circunstancia como la otra pueden romper los a menudo frágiles equilibrios en que se ha sustentado la campaña de Ziugánov: éste no puede decantarse –como no puede obtener el respaldo de alguno de los candidatos presidenciales derrotados– sin perder apoyos.

Hay que referirse, en último término, a algunos datos más cuya importancia, hoy por hoy, resulta difícil de calibrar. Por lo pronto, las tres semanas venideras de campaña son una incógnita: no es de descartar que Yeltsin, en particular, se manifieste incapaz de mantener el tono de sus últimas intervenciones. Es verdad que el riesgo anterior puede verse contrapesado por la enésima demostración de su absoluto control, y de su voluntad manipuladora, de los medios de comunicación: hay quien recuerda, con todo que éste es un arma de dos filos y que en los últimos años siempre han salido derrotados en Rusia, quienes disfrutaban del beneplácito de televisiones, radios y periódicos. El peso de la abstención y del voto en contra –ya lo hemos invocado– será sin duda importante, aunque en estas horas no es sencillo identificar ya, en fin, que no pueden descartarse, tampoco, irregularidades en el proceso electoral.

Más allá de las apreciaciones anteriores, parece urgente que mencionemos una gran paradoja que está en el trasfondo de la contienda rusa del momento: aunque ésta se caracteriza por una ostensible polarización, hay significativas y subterráneas semejanzas programáticas ente Yeltsin y Ziugánov. El hecho de que el primero haya adoptado como propios muchos de los elementos del discurso nacionalista, eventualmente agresivo, de quienes formalmente se hallaban en la oposición, explica en buena medida, lo anterior.

Lo cierto es que, por utilizar un baremo, en las apuestas sobre un futuro gabinete ministerial presidido por Ziugánov son muchos los nombres que coinciden con los de ministros que han trabajado para Yeltsin o que lo podrían hacer en el futuro. Esta es una razón entre muchas que nos obliga a desconfiar del análisis que trazan una clara e insorteable distinción entre unos y otros. Una de las consecuencias de semejante estado de cosas nos afecta directamente: cuando Occidente respalda sin rebozo a Yeltsin está olvidando que el actual presidente bien puede llevar a la práctica muchas de las medidas –endurecimiento en la política exterior, freno al proceso de las privatizaciones, recortes en las libertades cívicas– que tanto temor suscitan en la eventualidad de un triunfo de Ziugánov.

Carlos Taibo es director del programa de estudios rusos de la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 1996; © Bakeaz, 1996.
Publicado en El Correo, 18 de junio de 1996.