La naturaleza del régimen serbio de estas horas ha hecho correr mucha tinta. A unos, los más, se les antoja un retoño contemporáneo de los fascismos de entreguerras. Otros, condescendientes, se contentan con identificar en la Serbia de Milosevic una democracia imperfecta. Sea cual sea su condición, el régimen serbio ha sabido crear una atmósfera enrarecida que ha acabado por ahogar a buena parte de sus opositores. En esa atmósfera, y desde diez años atrás, ha mantenido una presencia permanente y significada un nacionalismo agresivo y etnicista que, según sus tesituras –y esto es importante recordarlo–, se ha visto catapultado pro unos u otros adalides. Así lo atestigua, en particular, el derrotero asumido por algunos dirigentes de la oposición.

Antes de la desintegración de Yugoslavia, cuando Milosevic se movía con taimada circunspección, Vuk Draskovic –hoy cabeza visible de la coalición opositora Zajedno– abanderaba una de las versiones más irascibles del nacionalismo serbio. Cuando a partir de 1991 Milosevic hizo suyo en plenitud el discurso de ese mismo nacionalismo irredentista, Draskovic asumió un tono más moderado en el que, junto a una pálida reivindicación de la democracia, primaba la contestación del establishment del momento. A partir de 1994, en fin, con Milosevic empeñado en reconciliarse con las potencias occidentales, Draskovic recuperó sus querencias de antaño y se lanzó de nuevo en brazos de un nuevo nacionalismo de perfiles agresivos; ahí están, si no, sus opiniones contrarias a un tratado, el de Dayton, en el que el dirigente opositor no apreciaba otra cosa que una traición a los serbios de Bosnia.

Pero Draskovic no es una excepción. Otra figura de la oposición serbia de estas horas, Zoran Djindjic, parece cojear del mismo pie, algo que contribuye a ratificar la aserción inicial. El enrarecimiento de la vida apolítica no tiene su mejor botón de muestra en los caprichos y las arbitrariedades de un Gobierno que niega ahora con desparpajo cualquier implicación en la agresión padecida por Bosnia-Herzegovina: encuentra su mejor reflejo en una oposición que reproduce muchas de las aberraciones que aparenta contestar.

Y, dicho sea de paso, algo parecido sucede en la Croacia del imperturbable Tudjman. El ejemplo más logrado de canibalización de los opositores lo ofrece, en este caso, la curiosa polémica que suscitaron en 1993 las acciones acometidas en Bosnia-Herzegovina por las milicias croatas. La protesta ganó para su causa a una parte de la jerarquía católica, a significados miembros de la cúpula militar y a los dirigentes –Budisa, Racan, Mesic– de las principales fuerzas de oposición. Pero en las quejas que iban cobrando cuerpo apenas se identificaban lo que a primera vista era reprobable (el uso de la fuerza, la limpieza étnica de territorios y la violación de derechos humanos básicos), lo que se contestaba no eran las acciones militares, sino la falta de eficacia de esas acciones.

Así las cosas, el mayor logro de los regímenes imperantes en Serbia y en Croacia es su ingente capacidad para recrearse en sus oposiciones. Draskovic, quien rechaza de modo virulento la formidable reconversión mercantil de la nomenklatura serbia –no tiene parangón en la Europa central y oriental–, apenas ha puesto manos a la tarea de contestar la patraña ideológica que esa misma nomenklatura ha desplegado para preservar sus privilegios.

Aunque no sería propio descalificar en bloque a la oposición serbia reunida en torno a la coalición de Draskovic y Djindjic, la disensión sin dobleces ni equívocos ha estado a menudo en otros lugares. Entre las Mujeres de negro de Belgrado, en los movimientos de resistencia frente a la guerra o, ya n la católica Croacia, en las páginas del Feral Tribune, el represaliado diario ha tenido a bien definirse como “herético, anarquista... y protestante”.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid,
coautor de “Los conflictos yugoslavos” y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 1996; © Bakeaz, 1996.
Publicado en El Correo, 23 de diciembre de 1996.