La propuesta que el llamado G-8 ha emitido sobre Kosovo recuerda inequívocamente a las miserias que, en relación con Bosnia, se hicieron valer en Dayton en 1995. No está de más recordar que entonces la aparente firmeza de las acciones militares que la OTAN acometió se vio dramáticamente contrarrestada por un acuerdo, el citado de Dayton, que en buena medida dejaba las cosas como estaban. A su amparo se abrió camino lo que se antoja una partición de facto de Bosnia mientras se reconocía una República Serbia que era el producto, sin más, de una agresión exterior y de un fallido golpe de Estado.
Si los planes del G-8 salen adelante, bien podemos encontrarnos, como anunciábamos, con una repetición en Kosovo de lo ocurrido en Dayton. Por lo pronto, y pese a las numerosas amenazas de las últimas semanas, Milosevic se mantendría en el poder, y acaso recibiría un postrero respaldo de una comunidad internacional decidida a enaltecerlo como garante de la paz. La sola consideración, por otra parte, de que la autonomía de la región está llamada a resolver todos los problemas no deja de ser una patética ironía: se diga lo que se diga, la autonomía dejará en manos de las autoridades serbias una enorme capacidad de decisión en relación con el futuro kosovar. Y, por si poco fuera, ni siquiera estamos en condiciones de calibrar si en los entresijos de la propuesta del G-8 no cabe una fórmula de partición del territorio que en estas horas parece tan impresentable, o más, como la vinculada con la autonomía.
Habrá que preguntarse, en fin, qué crédito deberemos concederle a cualquier intento de abrir causas por eventuales crímenes de guerra en Kosovo en un escenario en el que quien se antoja máximo responsable de aquéllos, el propio Milosevic, se convertirá en una parte decisiva en el progreso del acuerdo de paz.
Detrás de la propuesta que hoy nos ocupa, se aprecia, en fin, una rotunda defensa del statu quo que contrasta poderosamente con la retórica que, en las últimas semanas, nos ha hecho pensar que había una clara intención de modificarlo. Al amparo de semejante giro, no es difícil apreciar el ascendiente de una idea: la percepción de que el derrocamiento de Milosevic requiere onerosos esfuerzos obliga a dar marcha atrás, y ello por mucho que la propaganda otaniana se disponga a utilizar todos sus recursos para acallar a las voces críticas y esconder las dramáticas contradicciones que se hacen valer en estas horas.
Vaya, de cualquier modo, una última observación: el G-8 no parece mostrar interés alguno en calibrar qué es lo que la resistencia albanokosovar piensa de su propuesta. Los albanokosovares configuran un auténtico convidado de piedra que nuestros gobiernos manejan a capricho. Su sueño, en particular, de ver reconocido un derecho de autodeterminación cuya racionalidad, habida cuenta de lo ocurrido, es impecable, parece estar desvaneciéndose por momentos.
Claro que es legítimo preguntarse si los albanokosovares van a configurar la única víctima del enésimo cambalache de nuestros países. En Dayton se sugirió que Kosovo iba a pagar los platos rotos de un tratado que legitimaba poderosamente a Milosevic. Hora es ésta de preguntarse quién –Montenegro, tal vez– pagará los platos rotos de un eventual acuerdo sobre Kosovo. Así las cosas, y aunque sólo sea a efectos de clarificar nominalmente el escenario, bueno será que, para el desarrollo de las negociaciones que acaso se anuncian, se busque otra base norteamericana que tengamos que recordar, con inmenso desprecio, dentro de unos años.
Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.
© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 10 de mayo de 1999.