Los acontecimientos de Chechenia han hecho que pase a segundo plano lo que en otras circunstancias se ría el meollo del debate público en la Rusia de estas horas: unos y otros han ido moviendo sus peones camino de las elecciones generales del 19 de diciembre. La principal novedad al respecto ha sido, sin duda, la configuración de una ambiciosa coalición en la que se han dado cita Patria –el partido del alcalde moscovita, Luzhkov– y Toda Rusia –la fuerza que agrupa a muchos de los presidentes de repúblicas y regiones–, con el aval postrero del ex primer ministro Primakov. Si algo resulta sorprendente, es la precariedad de la respuesta que la coalición anterior ha suscitado en otros ámbitos del espectro político, y de manera singular en los correspondientes a la derecha yeltsiniana, por un lado, y al Partido Comunista, por el otro.

Por lo que se refiere a la primera, lo que se ha hecho valer es la configuración tardía, conflictiva y a contracorriente, de una coalición encabezada por uno de los políticos más desacreditados de Rusia: el otrora responsable de las privatizaciones, Chubais. A la coalición, que ha recibido el respaldo de figuras de algún relieve como los ex primeros ministros Gaidar y Kiriyenko, no se ha sumado, como se esperaba, el partido que dirige el también ex primer ministro Chernomirdin. No parece que ninguno de estos candidatos tenga el gancho suficiente para colocar a esta coalición en un papel de relieve en el Parlamento que verá la luz en diciembre. Hay quien duda incluso de que sea capaz de superar el listón del 5% de votos que es preciso para entrar en la disputa de la mitad de las actas de diputado –las que se eligen en virtud de un procedimiento proporcional–.

Claro que alguien dirá que a Yeltsin le traen sin cuidado las legislativas. Lo que le preocupan son, sin ningún género de dudas, las presidenciales de junio de 2000, para las que ha designado ya al que por ahora es su provisional candidato: el primer ministro Putin. No es fácil imaginar, sin embargo, que la candidatura de Putin va a progresar con el mero apoyo del aparato presidencial, al amparo del ejercicio de la fuerza en Chechenia y sin respaldo partidario alguno. Aunque, contempladas las cosas desde otro punto de vista, puede argüirse que tal vez es mejor no quemar a Putin con lo que se antoja sería un inevitable fracaso en las generales.

Pero más grave parece lo de los comunistas, que todavía no han reaccionado ante la gestación, que visiblemente les afecta, de la coalición impulsada por Luzhkov. En los últimos meses, la dirección del PC se ha mostrado más preocupada, al parecer, por las escisiones que pueden surgir en la izquierda. Sectores significados de la base del partido no han ahorrado críticas a la moderación, la falta de imaginación y, en último término, la inacción que han mostrado en los últimos años el secretario general, Ziuganov, y sus colaboradores. La teoría afirma que no es en modo alguno impensable que los comunistas busquen en las semanas venideras una aproximación a Luzhkov y a Primakov. Al fin y al cabo, hace poco más de un año, uno y otro fueron apoyados como candidatos a primer ministro por el partido de Ziuganov. Es verdad que ello sería tirar por la borda la imagen, y acaso una parte de los activos del PC a cambio de lo que se antoja una vaga apuesta por el intervencionismo estatal. Pero el problema es que el PC no parece tener otras opciones: dejar las cosas como están es asumir, sin más, resultados mediocres en las dos elecciones que se avecinan.

Carlos Taibo es director del programa de Estudios Rusos de la Universidad Autónoma 
de Madrid y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 31 de octubre de 1999.