Parece que ahora sí, por fin, es tiempo de levantar un juicio sobre Yeltsin y, con él, sobre el último decenio de la historia rusa. Por una vez, las palabras de despedida del ya ex presidente de algo nos sirven en la tarea. Y es que lo realmente sorprendente de lo ocurrido el 31 de diciembre no fue que Yeltsin optase por dimitir, sino, antes bien, su postrer reconocimiento de lo que a tantos se nos antojaba evidente: el fracaso general –y ésta es una forma eufemística de hablar– de su gestión a la cabeza del Estado ruso.
Pero vayamos a los hechos. Lo primero que se impone es recordar, ya en la lejanía, las enormes expectativas que Yeltsin suscitó en la segunda mitad del decenio de 1980. Hubo quien dijo entonces que en su figura prometeica se daban cita las dos disidencias históricas que se habían revelado en el devenir del experimento soviético: la crítica feroz de la burocracia acometida por Lev Trotski en los años treinta y la defensa cabal de los derechos humanos asumida por Andrei Sájarov medio siglo después.
Con la atalaya que el paso del tiempo proporciona, la conclusión es sencilla: aquellas expectativas se vieron defraudadas. Si, por un lado, Yeltsin acabó por encabezar el enésimo proceso de reconversión –en provecho de un impresentable y mafioso capitalismo– de la burocracia de antaño, lo de los derechos humanos –con una activa tercermundización y un genocidio en curso en Chechenia– suena a broma. Claro es que para tomarle el pulso a nuestro personaje malo sería que nos contentásemos con enunciar su responsabilidad simbólica en la gestación de una modalidad inédita de salvaje capitalismo. La otra cara del ex presidente la aportan sus irrenunciables vínculos con la etapa soviética en la que se formó. Ahí están, para atestiguarlo, un aparato presidencial que reproduce puntillosamente la letanía jerarquizante del PCUS, un desprecio permanente del principio de división de poderes, una tupida red de control de lo que ocurre en repúblicas y regiones, y un gigantesco aparato de desinformación que inopinadamente convierte en blanco lo más negro.
En el trasfondo de esa combinatoria de aberraciones, las nuevas y las viejas, no hubo otra cosa que un dramático aferramiento al poder acompañado de un empleo instrumental de la democracia. Hace algunos años, quien había sido portavoz presidencial, Viácheslav Kóstikov, se permitió recordar que para Yeltsin la democracia era un traje hecho a medida de sus intereses, algo que a la postre explicaba por qué su compromiso con las reglas del juego correspondientes había sido siempre liviano. Bien es verdad que, para atemperar el escenario, Yeltsin padecía de visibles desórdenes neuronales, no en vano la corrosión de todas las instituciones rebajaba sensiblemente la posibilidad de que sus cotidianas pulsiones autoritarias tuviesen pronta repercusión en la realidad.
Lo anterior no impidió, sin embargo, que los cortocircuitos estuviesen a la orden del día. No podía ser de otra manera cuanto que la Constitución rusa, por un lado, y los hábitos jerarquizantes insertos en la historia del país, por otro, colocaban al presidente en el centro de muchos procesos y le otorgaban un relieve difícilmente rebajable a los efectos de su afición por el alcohol y a su gusto por la adquisición de enfermedades. Aunque malo es que al final hayamos de recordar a Yeltsin por estas contingencias, habrá que convenir que resulta difícil acogerse a elementos más sustanciosos. Porque, al fin y al cabo, ¿alguien podría explicarnos qué es lo que ha sido, en términos ideológicos, el dimitido presidente ruso?
Las cosas como fueren, si nos guiamos por la confesión final del propio Yeltsin –y le subimos un poco, claro, el tono–, es sencillo arribar a la conclusión de que nuestro hombre abandona la historia rusa por la puerta trasera. Deshecho por completo su sueño de convertirse en el Pedro el Grande de finales del siglo XX, la figura de Yeltsin se acomoda mucho mejor al perfil de otro de los grandes mitos de la literatura rusa: el del zar tonto. Bueno será, de cualquier modo, que no extraigamos demasiadas conclusiones de un tiempo verbal, el pasado, que hemos empleado con demasiada liberalidad en estas notas. Y es que nada sería más equivocado que concluir que Yeltsin está llamado a desaparecer por completo del panorama político ruso. No es su estilo.
Carlos Taibo es director del programa de estudios rusos de la Universidad Autónoma
de Madrid y colaborador de Bakeaz.
© Carlos Taibo, 2000; © Bakeaz, 2000.
Publicado en El Correo, 4 de enero de 2000.