Es increíble lo poco que muchos de nuestros dirigentes políticos, y muchos de nuestros analistas, han aprendido del pasado más reciente en la Europa central y oriental. Diez años después de la desaparición del muro de Berlín el optimismo que a tantos anuló intelectualmente en 1989 se había trocado en una mezcla de desengaño y escepticismo que, de forma sorprendente, ha perdido pie ante la certificación de que el régimen de Milosevic se venía, también, abajo.

Y, sin embargo, nada es más sencillo que identificar los ingentes problemas que Kostunica y los suyos tienen por delante. El primero no es otro que el de un complejo entramado institucional que se presta a todas las trampas imaginables. Con elecciones a la vuelta de la esquina o sin ellas, el aparato de poder que aupó a Milosevic conserva sendas mayorías parlamentarias en Serbia y Yugoslavia, de tal suerte que, hoy por hoy, sus capacidades de control siguen siendo muchas. En un plano paralelo, la neutralización de las fuerzas armadas, de la policía y de los paramilitares en modo alguno se antoja definitiva, y parece saludable no dar por cerrados, tampoco, los contenciosos correspondientes. En tales condiciones, no pueden descartarse pactos en los sectores más moderados del Partido Socialista hasta hoy en el poder. Como casi siempre, esos pactos suscitan las interpretaciones más dispares: si para unos son una deseable fuente de estabilidad, para otros están llamados a descafeinar muchos proyectos.

Un segundo problema para Kostunica es la propia división en la oposición que formalmente encabeza. No se olvide que la conversión del hoy presidente federal candidato de una veintena de fuerzas políticas algo tuvo de casual: las figuras más prominentes de la oposición se retiraron en la certeza de que Milosevic convocaba las elecciones seguro de su victoria. De resultas, Kostunica, que ha confesado sentirse inmerso en un sueño, es un presidente que, carente por completo de carisma, encontrará previsiblemente muchos obstáculos a la hora de lidiar con fuerzas políticas las que lo han respaldado que exhiben una larga tradición de enfrentamiento y personalismos.

El tercer gran reto es el enderezamiento de una situación económica extremadamente mala. Al respecto, lo primero que conviene recordar es que en los últimos años siempre ha habido una enorme distancia entre las promesas occidentales y los hechos que al final se han abierto camino. Al margen de subrayar que lo suyo es que lo que se aporte para la reconstrucción económica de Serbia se reste de las partidas que correspondían a Bosnia y a Kosovo, la primera apenas cuenta con nada que exportar y carece por completo de recursos para importar, con lo que, con toda evidencia, los problemas no se van a resolver de la noche a la mañana. Claro que, y por añadidura, Kostunica parece el abanderado de la misma miseria que inunda otras partes de la Europa central y oriental: la que ha cobrado cuerpo de la mano de la palabrería del mercado, al amparo de un capitalismo mafioso omnipresente. Y no es de mucho consuelo saber que Milosevic, obscenamente instalado en esa misma modalidad de capitalismo, ha sentado las bases para una suave transición en este terreno.

La cuarta fuente de tensiones la aportan Montenegro y Kosovo. Se ha subrayado hasta la saciedad en los últimos días que Kostunica es ante todo un nacionalista serbio. Si lo anterior, por sí solo, nada tiene de malo, las cosas se oscurecen cando se descubre que en el pasado no pareció disentir de Milosevic en Bosnia o en Kosovo. En consecuencia, lo suyo es recordar que el acceso de nuestro hombre al poder no tiene cambios significativos en el tratamiento de los contenciosos nacionales que se hacen valer en la región. Aunque la propuesta, realizada por Kostunica, de un referéndum de autodeterminación en Montenegro es razonablemente esperanzadora, el que más y el que menos augura tensiones en Kosovo: el presumible acercamiento de Kostunica a Occidente conllevará, a buen seguro, concesiones que colocarán aún más lejos cualquier horizonte autodeterminista para el atribulado territorio de población mayoritariamente albanesa.

Agreguemos, en fin, que la cultura política en Serbia no invita precisamente al optimismo. Lo que ha hecho que muchos serbios cambiasen su voto el 24 de septiembre no ha sido, por desgracia, el repudio a lo ocurrido –violencia y limpiezas étnicas, para entendernos– en los últimos años en Croacia, Bosnia o Kosovo. Al serbio de a pie parecen haberle inquietado más, mucho más, la crisis económica, la corrupción y la ausencia de perspectivas de futuro. Éste no es precisamente un panorama que aconseje concluir que en el país se va a verificar una catarsis liberadora. Para que ésta llegue, tal vez habrá que aguardar a que Kostunica y las injerencias externas desaparezcan, también, del escenario.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid 
y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 2000; © Bakeaz, 2000.
Publicado en El Correo, 18 de octubre de 2000.