En los primeros balances apresurados en medio de la masacre de Nueva York y Washington, los medios de comunicación han querido tener un espacio para evaluar el impacto sobre la economía. Pero estos se han limitado casi siempre a mostrar la reacción de los inversores en bolsa por todo el mundo, o a dar seguimiento a la cotización internacional del dólar. Aunque los aspectos financieros tengan su importancia, probablemente las repercusiones de mayor alcance se van a sentir en la economía productiva.

Realizar un balance económico provisional del atentado terrorista obliga a diferenciar entre los costes económicos del acto criminal y sus repercusiones económicas, que dependen no sólo de las acciones terroristas y sus implicaciones económicas directas sino también de la reacción política y social a las mismas, así como del contexto económico general en que tienen lugar los acontecimientos.

Por lo que se refiere al coste económico, hay que comenzar con la destrucción del capital físico: edificaciones, obra pública; si contabilizamos el coste de los edificios derribados y los servicios públicos dañados, nos situamos en una cifra que puede alcanzar los 1.000 ó 2.000 millones de dólares. A continuación el capital productivo; en el World Trade Center de Nueva York se ubicaban más de 400 empresas, para muchas de ellas la sede central o bien oficinas principales. La destrucción de archivos informáticos, información centralizada, etc., tiene un coste directo indeterminable, pero que puede sobrepasar fácilmente los 4.000 millones de dólares. Por último, el trágico final de tantos miles de personas que fallecieron. Lo que los economistas llaman el “capital humano”. A pesar de los intentos de los economistas, nunca se ha encontrado un criterio adecuado para medir el valor de las personas…, pero sí su precio. Sin mayores datos, podemos aproximar dicho precio por el coste de sus seguros de vida. La situación social de la mayoría de las víctimas –empleados cualificados, ejecutivos– permite pensar que la práctica totalidad de ellas poseía algún tipo de seguro de vida. Si se confirman los pronósticos y el número de muertos se aproxima a los 10.000, podemos estimar que el ‘precio’ del capital humano se situará en unos 5.000 millones de dólares. Finalmente, la paralización de la actividad económica, en Manhattan, en Nueva York y Washington y la interrupción del tráfico aéreo en todo el país tiene un coste económico directo que podemos estimar en un 1% del PIB anual de Nueva York y del sector aéreo, lo cual nos da una cifra de unos 8.500 millones de dólares de pérdidas más.

En esta rápida estimación, hemos definido unos 18 ó 20.000 millones de dólares de pérdidas directas, concentradas en su mayor parte en el estado de Nueva York. Esta cifra equivale al 2,5% del PIB del Estado de Nueva York, o a un 0,2% del PIB norteamericano. En definitiva, sean cuales sean las cifras definitivas, un rudo golpe para la economía neoyorquina, pero nada que la economía norteamericana no pueda soportar.

Las repercusiones económicas se harán sentir de forma inmediata sobre las compañías de seguros, enfrentadas a una de las catástrofes más caras de las que han tenido que pagar, salvo que el gobierno de Estados Unidos decida socializar en todo o en parte dicho coste mediante los presupuestos federales. El transporte aéreo también se puede resentir. Por el contrario, otros sectores, como las empresas de seguridad y equipos, o la construcción mejoran sus expectativas de negocio en el inmediato futuro, lo cual no viene mal, cuando las empresas norteamericanas están funcionando tan sólo a un 77% de su capacidad.

A más largo plazo, el tipo de respuesta política y militar que decida dar el gobierno de Estados Unidos tendrá repercusiones de un tipo u otro sobre diversas variables internacionales (precio del petróleo, comercio internacional, migraciones, etc.) imposibles de cuantificar, pero que se van a dar en un contexto de estancamiento en la economía norteamericana, que estaba creciendo en junio a una tasa anual del 0,2%, con una desinversión productiva del –14,6% anual, a lo cual hay que añadir la situación de crisis en la economía japonesa y la ralentización en la economía europea.

Una parte de lo que suceda con la economía mundial dependerá de las expectativas de los inversores. En lo que llevamos de siglo éstas no eran demasiado buenas, y con este golpe al corazón militar y financiero del mundo, se van a resentir aún más. Pero, por paradójico que pueda parecer, el balance económico final no tiene por qué ser negativo, desde un punto de vista meramente contable: la reconstrucción puede superponerse a la destrucción, y un nuevo impulso a la industria militar significa una inyección de gasto público muy necesaria en la languideciente economía norteamericana, y, por extensión imperial, mundial.

Pero este posible rumbo sólo se percibirá a medio plazo. Pero ya sabemos que no hay nada como un buen bombardeo para levantar la moral de Wall Street. Por lo tanto, junto con las consideraciones políticas, seguramente el factor económico va a ser tenido en cuenta por las autoridades norteamericanas para decidir el rumbo a seguir por su política exterior en la actual coyuntura. Una confirmación de la política de rearme con el escudo antimisiles propuesto por el presidente Bush será una confirmación de la apuesta por la reactivación vía gasto militar.

Sea cual sea la evolución de los acontecimientos, hay dos cosas evidentes: las previsiones a la baja sobre el crecimiento de la economía mundial a corto plazo del Fondo Monetario Internacional, que reducía de un 3,2% a un 2,7% las expectativas de crecimiento para este año, son demasiado optimistas en este momento. La repercusión global de este atentado puede hacer caer la tasa de crecimiento económico más de lo que ya lo estaba en los últimos meses, frenando hasta un 2,2% ó un 2,3% el crecimiento de la economía mundial.

Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz.

© Joaquín Arriola, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 14 de septiembre de 2001.