El cerco sufrido por la Basílica de la Natividad en Belén quizás ayude a plantear un debate sobre la situación de los cristianos en los territorios ocupados y el éxodo silencioso al que se ven forzados los palestinos como consecuencia de la interminable ocupación israelí. Desde el inicio de la Intifada del Aqsa, el Gobierno israelí ha llevado a cabo una estrategia de estrangulamiento económico en los territorios autónomos palestinos que ha provocado la emigración forzosa de un 5% de su población.

El proceso de Oslo ha dividido el territorio palestino en centenares de ‘ghettos’ incomunicados entre sí por decenas de asentamientos de colonos y carreteras de circunvalación de exclusivo uso israelí. El asedio de las ciudades y las poblaciones palestinas y los castigos colectivos impuestos a la población civil tras cada uno de los atentados suicidas han provocado la destrucción de la economía palestina. Los ataques israelíes no se han limitado a las estructuras de la Autoridad Palestina, sino que afectan a todo el tejido económico, como lo prueban la destrucción de fábricas e industrias, la devastación de los campos de cultivo o la tala de miles de árboles frutales. El resultado no ha podido ser más devastador: el desempleo afecta al 60% de la población. Esta estrategia emprendida por el Gobierno israelí buscaría el éxodo silencioso de las clases medias, que, por sus recursos, tendrían más factible la huida de la devastada Palestina.

Este éxodo se ceba especialmente con la comunidad cristiana, que, de seguir así las cosas, corre el riesgo de desaparecer de la faz de Palestina. Bernard Sabella, un reconocido sociólogo de la Universidad de Belén, advierte de que la proporción de cristianos palestinos no ha dejado de menguar desde la creación de Israel. Las guerras de 1948 y 1967 provocaron un éxodo de cerca de un millón de refugiados. Si en 1947 los cristianos sobre Tierra Santa representaban el 20% de la población palestina (frente al 80% de musulmanes), en 1966 eran un 13%.

La Intifada ha agudizado la situación de todos los palestinos, incluidos los de confesión cristiana, que generalmente encuentran más facilidades para abandonar el país debido a que las embajadas occidentales (sobre todo las de Canadá, Australia y Estados Unidos) les conceden visados con mayor facilidad. En 1993, cuando se firmaron los Acuerdos de Oslo, los cristianos en los territorios ocupados sólo representaban un 2,1%, pero ese porcentaje se ha reducido hasta acercarse al 1,6% en 2001 y se calcula que podría extinguirse en un plazo de treinta años en el caso de que la emigración prosiga al mismo ritmo. En uno de los escasos artículos dedicados al asunto (“The Secret Exodus”, ‘Haaretz’, 5 de octubre de 2001), una cristiana explicaba su estado de ánimo de la siguiente manera: “Este país ha dejado de ser una Tierra Santa y se ha convertido en un infierno”.

La comunidad cristiana no ha dejado de denunciar la situación en los territorios palestinos. Quizás uno de los principales manifiestos de los cristianos haya sido el Documento Sabeel de mayo de 2000 (elaborado por Naim Ateek, antiguo canónigo de la catedral anglicana de San Jorge en Jerusalén), en el que se denunciaba que los Acuerdos de Oslo conducían de manera irremediable a la creación de “un Estado tipo bantustán como el de los ciudadanos blancos en el anterior gobierno de apartheid de Sudáfrica”.

El pasado 2 de abril, en plena operación ‘Muro defensivo’ contra las ciudades autónomas, los patriarcas, arzobispos y responsables de todas las Iglesias cristianas de Jerusalén enviaron una carta al presidente George W. Bush en la que denunciaban “la tragedia inhumana” y “los crímenes indiscriminados” en Tierra Santa, añadiendo que el pueblo “está privado de agua, electricidad, alimentos y medicinas básicas. Algunas de nuestras instituciones han sido invadidas y dañadas. Apelamos a su conciencia cristiana porque sabemos que usted es el único que puede detener esta tragedia inmediatamente”.

El perfil del emigrante es el de un joven profesional (ingenieros, médicos o farmacéuticos) provisto de los suficientes recursos como para costearse un viaje al extranjero y que tiene familiares en otros países que les ofrecen su ayuda a la hora de iniciar una nueva vida. Algunos de los emigrantes proceden de las zonas más castigadas por la violencia, como es el caso de las localidades cristianas de Belén, Beit Yala o Beit Shahur. Muchos de ellos habían retornado desde Europa y América a los territorios autónomos tras los Acuerdos de Oslo esperanzados con el anunciado florecimiento económico que presagiaban los acuerdos palestino-israelíes, pero la cruda realidad les ha obligado a reconsiderar su decisión. Yusuf Baraka, un palestino de Ramallah que se ha instalado en París, justificaba así su postura: “¿Qué puedo hacer en Ramallah? No hay trabajo, el desempleo alcanza el 70%. Quiero tener una familia. Es duro para mí tener que abandonar el lugar donde nací y crecí... Mi familia y mis amigos están aquí, pero no puedo vivir aquí por más tiempo”.

Esta emigración forzosa a la que se ven obligados los palestinos ha alcanzado cifras preocupantes. Aunque se carece de estudios pormenorizados, los centros de investigación la cifran en torno a las 150.000 personas (casi un 5% de la población que vive en Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este) desde el inicio de la Intifada en septiembre de 2000. Los palestinos, desposeídos de sus propiedades y de sus tierras como resultado de una ocupación israelí que se antoja interminable, abandonan los territorios ocupados en busca de una vida mejor. Por medio de sus políticas punitivas y de sus castigos colectivos, Israel alienta este éxodo silencioso que priva a la sociedad palestina de futuro. Ésta es una fórmula mucho más rentable y menos costosa que la deportación de tres millones de palestinos, que, según recientes encuestas, secunda el 46% de los israelíes.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro ‘El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada’ (Madrid, Los Libros de la Catarata, 2001).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2002; © Bakeaz, 2002. Publicado en El Correo, 9 de mayo de 2002.