Si Al Qaida, la red encabezada por Bin Laden, refleja a los ojos de muchos el vigor del ‘nuevo terrorismo’, el asiento material de muchas de las organizaciones vinculadas con éste parecen aportarlo los llamados ‘Estados fallidos’. Inmersos en prolongadísimas guerras civiles, muchos proyectos de Estado han fracasado en provecho de instancias de funcionamiento caótico e impredecible que carecen en los hechos de fronteras claras y que a menudo no son reconocidas por nadie. Nos hallamos, en palabras de Alain Bauer y Xavier Raufer, ante un “condensado de caos político, corrupción generalizada, pobreza extrema y catástrofes sanitarias y bélicas (civiles o tribales) convertidas en auténtica forma de vida”.
Algunos de los rasgos más relevantes de los conflictos que están en el origen de las situaciones que nos ocupan son la dificultad de distinguir entre civiles y militares, y entre la vanguardia y la retaguardia; la dispersión de las unidades armadas, a menudo entremezcladas con la población; la ausencia de batallas clásicas en un escenario marcado, sin embargo, por masacres, sangrientas venganzas y acciones terroristas; el auge de fanatismos religiosos, étnicos o tribales; un desarrollo formidable de la delincuencia, que adopta formas tan dispares como el negocio de la droga, el trapicheo con sustancias nucleares y armas, o la venta de seres humanos, y la proliferación de aparentes ‘misiones de paz’ acometidas por las fuerzas armadas de los países desarrollados. La consolidación de estas situaciones se ha verificado con frecuencia, en suma, al calor de procesos de disolución de Estados que con anterioridad ya eran muy débiles.
Los ‘Estados fallidos’ han propiciado, por otra parte, el asentamiento de grupos armados, cárteles, mafias y milicias que operan a sus anchas tanto en ellos como en las megalópolis que han cobrado cuerpo en el Norte y en el Sur. Lo anterior no implica en modo alguno, eso sí, que determinadas formas de violencia política no hayan sido alentadas desde regímenes de perfiles claramente consolidados y férreamente dirigidos. Es notoriamente improbable, sin embargo, que grupos como Al Qaida respondan a este origen y hayan encontrado, por ejemplo, un franco y eficiente respaldo en un Estado como Irak. Si así fuere, habría que explicar la condición desterritorializada y descentralizada de esos grupos, la mezcolanza que en su seno se revela entre una dimensión política y otra criminal, y la enorme debilidad de los vínculos con Estados fuertes, circunstancia que acaso acrecienta la impredictibilidad de los movimientos de redes como la encabezada por Bin Laden.
No conviene dejar en el olvido que en el mundo desarrollado la percepción de todos estos problemas se ajusta a pautas extremadamente egoístas. Y es que los ‘Estados fallidos’ preocupan por dos razones. La primera es el hecho de que no resulta sencillo lidiar con ellos. Alain Bauer y Xavier Raufer, de nuevo, han diagnosticado el problema con singular agudeza: “Lo del ‘Estado gamberro’ –Gadafi, Noriega, Sadam Husein y Milosevic tenían una dirección postal– puede pasar. Pero, ¿cómo encarar lo del gamberro sin Estado?”. La segunda es que estas nebulosas entidades suelen originar grandes oleadas de refugiados, activos comercios de armas, episodios de violencia política y graves agresiones medioambientales, sin que el interés por los padecimientos de la población local despunte, entre nosotros, por lugar alguno. Aunque esto, como los propios ‘Estados fallidos’, se antoja cualquier cosa menos nuevo.
A tono con una de las observaciones que acabamos de perfilar, es urgente subrayar, en suma, que los conceptos de ‘Estado fallido’ y ‘Estado gamberro’ no son sinónimos, como lo es recalcar que no hay ningún motivo para dar crédito a la especie de que los presuntos merecedores de la segunda de esas etiquetas configuran una amenaza seria para la hegemonía o para la seguridad de Estados Unidos. Al respecto de estas cuestiones tan importante es rechazar la interesada visión oficial norteamericana –que coloca en la lista de ‘Estados gamberros’ a quien, sin más, no le ríe las gracias al imperio– como desmarcarse de toda suerte de idealización que venga a trasladar una imagen épica y resistente del Irak de Sadam Husein o, hasta hace bien poco, del Afganistán de los talibán. Y sirva este último caso como ejemplo de que, conforme a la visión al uso de estas cuestiones, tampoco es impensable que las dos condiciones que nos ocupan, fallos y gamberrería, se hagan valer de forma simultánea.
Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.
© Carlos Taibo, 2002; © Bakeaz, 2002. Publicado en El Correo, 7 de septiembre de 2002.