La polvareda levantada por la creación del nuevo gobierno palestino y la aprobación de la ‘Hoja de ruta’ por el Cuarteto nos ha hecho olvidar, al menos por momentos, la guerra angloamericana contra Irak y todas las incógnitas que ésta ha creado y que todavía permanecen sin resolverse. Sólo así se entienden las optimistas declaraciones de Blair y Aznar que consideran que la invasión de Irak ha sido el primer paso para crear un nuevo escenario en el que imperen “la libertad, la paz y la seguridad” y en el que “convivan un Estado israelí y otro palestino”. Este nuevo Oriente Medio que se pretende erigir sobre las cenizas y ruinas de Bagdad y que se caracteriza por su respeto a los valores democráticos dista mucho de ser novedoso, dado que tiende a reproducir, de manera peligrosa, algunas de las dinámicas del marchito y caduco viejo Oriente Medio.
La designación de un primer ministro y de un nuevo gabinete palestino demuestran hasta qué punto existe un consenso internacional en torno a la necesidad de marginar políticamente a Yaser Arafat, al que se responsabiliza de la Intifada del Aqsa iniciada en septiembre de 2000. El que ha sido presentado como hombre fuerte, Mahmud Abbas ‘Abu Mazen’, no es ni mucho menos una nueva figura ni representa una bocanada de aire fresco para el viciado aire que se respira en la escena política palestina desde hace varias décadas. ‘Abu Mazen’ no es en absoluto ajeno al fracasado proceso de Oslo, desarrollado en la última década, del que fue uno de sus principales arquitectos. Tampoco puede decirse que represente un cambio radical en la forma de gestionar los asuntos palestinos, debido a que ha pertenecido al aparato político de la OLP desde la época de Túnez y más bien debe considerársele el candidato de la continuidad. Además, carece de apoyos importantes a nivel popular y es acusado de haberse enriquecido ilícitamente gracias a los acuerdos de paz con Israel. Su nombramiento cuenta con el ‘plácet’ de Estados Unidos e Israel, que valoran positivamente sus declaraciones contrarias a la Intifada, que considera un “error histórico”.
El principal objetivo de la ‘Hoja de ruta’ elaborada por el Cuarteto (Estados Unidos, la Unión Europea, la Federación Rusa y las Naciones Unidas) es la creación de un Estado palestino con unas fronteras seguras y reconocidas a finales de 2005. Ésta sí que es una novedad reseñable, habida cuenta de que el anterior proceso de Oslo estaba basado en la ‘ambigüedad constructiva’, según la cual no se debería clarificar nítidamente el objetivo de las conversaciones para evitar su fracaso. Ésta es su única innovación, dado que en el resto de sus planteamientos tienden a reproducir de manera peligrosa la fallida fórmula del proceso de Oslo: solución por etapas en un período de tres años, búsqueda de soluciones parciales y consagración del desequilibrio entre las partes. Es así como los palestinos, a pesar de ser la parte débil que padece una ocupación desde hace treinta y seis años, deben hacer todos los esfuerzos para mostrar su buena voluntad (reformar su administración, unificar sus fuerzas de seguridad, sanear sus finanzas, elegir un nuevo gabinete, desplazar a Arafat, convocar elecciones, aprobar una Constitución y, lo más importante, renunciar a la vía armada para defender su tierra). Al gobierno de Israel sólo se le pide que ponga fin a sus represalias, levante el asedio de las ciudades palestinas, garantice la libertad de movimiento de la población y, por último, interrumpa la colonización de las zonas palestinas, todas ellas medidas de una política de ‘hechos consumados’ que viene empleando desde hace más de tres décadas y que representan una clara violación de la Cuarta Convención de Ginebra.
El test que consagrará o condene al ostracismo al gobierno de ‘Abu Mazen’ será, además del calado de las reformas que emprenda, su capacidad para combatir a las facciones armadas palestinas y detener los atentados suicidas, al menos contra objetivos civiles en el corazón de Israel. Consciente de esta responsabilidad, el dirigente palestino dirigió entre noviembre de 2002 y enero de 2003 una serie de conversaciones en El Cairo con todos los grupos tanto del ala islamista (Hamas y Yihad) como de la laica (Fatah y los Frentes Democrático y Popular). El objetivo no era otro, según se recoge en el Documento Egipcio elaborado entonces, que “dar una oportunidad a los esfuerzos de paz para probar su eficiencia” y “congelar la lucha armada durante un año […] para que todas las fuerzas internacionales y regionales se impliquen para modificar la actual situación y presionen a la parte israelí para que se retire [de los territorios ocupados], interrumpa sus ataques, asesinatos y prácticas opresivas contra el pueblo”. Sin embargo, las conversaciones fracasaron de manera estrepitosa porque, como declarara el islamista ‘Abd al-‘Aziz al-Rantisi a la revista ‘Filastin al-Muslima’, un alto el fuego “representaría una victoria de las brutales políticas de Sharon puestas en práctica para aterrorizar al pueblo palestino […] y sería entendida por Israel como una rendición”.
La carta de presentación de este nuevo Oriente Medio que defiende el Eje de las Azores es la ‘Hoja de ruta’. Ésta, lejos de suponer una fractura respecto al proceso de Oslo, debe verse en términos de continuidad, ya que reproduce muchas de sus pautas. Por eso los integrantes del Cuarteto deberían velar por que en esta ocasión las medidas consideradas en cada fase sean aplicadas a conciencia por las partes y no se repitan una vez más los mismos errores que antaño. Israel, como potencia ocupadora, no puede seguir refugiándose en “el no hay fechas sagradas” que popularizase Rabin, ni tampoco aprovechar esta circunstancia para seguir alterando la situación de los territorios ocupados por medio de su colonización y su cantonización (cuyo último ejemplo es el denominado Muro Defensivo que se erige a marchas forzadas entre Israel y los territorios ocupados ante la pasividad de la comunidad internacional, a pesar de vulnerar las líneas vigentes en 1967). El Cuarteto debe impedir que los palestinos se conviertan en rehenes de un interminable proceso de negociaciones (desde la Conferencia de Madrid han transcurrido doce años) que, en lugar de mejorar sus condiciones de vida y acercarles a la independencia, les condene a vivir de manera permanente en la más absoluta precariedad.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro ‘El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada’ (Madrid, 2001) y coeditor de ‘España y la cuestión palestina’ (Madrid, 2003).
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2003; © Bakeaz, 2003.
Publicado en El Correo, 26 de abril de 2003.